Sexenio tras sexenio, sucesivos gobiernos han buscado paliativos, pero casi nunca soluciones de fondo al problema de las inundaciones en el área de Guadalajara. El asunto no es tan simple, se trata de la combinación de soluciones: la implementación de los conceptos Impacto Hidrológico Cero y la construcción de colectores, drenaje profundos y reposición de ductos en la metrópoli jalisciense. Hablamos de muchos miles de millones de pesos, que no todos le tocan al gobierno. Pocas administraciones en realidad se han animado a realizar las grandes obras requeridas y que, en contraparte, no implican el relumbrón y lustre de las acciones que se ven pero que no se entierran. Pocas también han exigido se cumpla la ley.
Todo lo que ha pasado en medio siglo no es sino crecimiento incontrolado que, a fin de cuentas, implica la construcción de grandes predios urbanos que han arrasado con los cauces naturales y que, hoy se dice, implican que las aguas no se infiltren, busquen su camino y ocasionen las enormes inundaciones que padecemos sobre todo en las grandes tormentas, cuando deberían de comportarse como originalmente estaban, antes de ser transformados en las planchas impermeables que hoy tenemos. Una de las peores tormentas, la del día 9 pasado, causó la muerte de un indigente y lo más preocupante es que a ella podrían seguir muchas más ya que no todo se resuelve desazolvando alcantarillas, como pretende el gobierno, aunque sí aliviaría en mucho que la población misma hiciera conciencia de ello.
Al menos no figura hasta la fecha como prioridad en los programas gubernamentales de todo nivel, la solución al drenaje de la zona de la capital jalisciense. Poco a poco advertimos que la cuestión involucra obras de una envergadura cada vez más lejana a las posibilidades presupuestarias. Acciones del gobierno y a su vez la responsabilidad de quienes autorizan y la exigencia a los que desarrollan en la ciudad.
Los requerimientos y soluciones que la metrópoli necesita caminan hacia una nueva visión de políticas públicas que disminuyan los riesgos de los habitantes de la urbe, hablamos de implementar una correcta gestión integral del agua, que contemple aspectos hidrológicos, sociales y medioambientales. Es decir acciones que lleven a preservar el proceso natural del agua de lluvia para su infiltración conocido como “Impacto Hidrológico Cero”.
Si por costo o lucimiento fuera, no se habrían hecho los colectores de la continuación del San Juan de Dios hasta Atemajac, o del llamado Intermedio Oriente, el de López Mateos, el de San Andrés o el de Avenida México. Quizá, quizá, aquellos gobiernos de acuerdo a la información con la que contaban eran un poco más visionarios y aguerridos en cuanto a la solución de los graves problemas urbanos.
Hoy el panorama es incluso más inquietante no sólo en lo que respecta a los aproximadamente 300 kilómetros de colectores, su continuación y conservación, ya que quizá fluctúen entre los 40 y más de 60 años de antigüedad. Y no es todo el problema, también no hay que olvidar que nuestra ciudad tiene más de 8 mil kilómetros de ductos, una cuarta parte muy cercanos a lo inservible.
De ahí la necesidad de la implementación de mecanismos que regresen a las distintas zonas de la ciudad las condiciones hidrológicas que tenían antes de ser urbanizadas. Ni duda cabe: tenemos ya el agua hasta el cuello. Sólo falta saber qué haremos.
@MiguelZarateH