La intervención de Estados Unidos en Venezuela no fue un hecho aislado ni una reacción improvisada. Fue, ante todo, un mensaje político dirigido a todo el continente: el orden en América está cambiando.
Durante años, América Latina observó el colapso venezolano con distancia y cautela. La deriva autoritaria, la crisis económica, la migración masiva y el vaciamiento institucional eran evidentes, pero ningún gobierno quiso asumir el costo político de intervenir ni de encabezar una salida regional. La crisis se volvió crónica y, con el tiempo, su permanencia terminó por normalizarla.
Hasta que Washington decidió romper la inercia.
Bajo el liderazgo de Donald Trump, Estados Unidos actuó sin rodeos, sin aval multilateral y sin pedir permiso. El mensaje fue contundente: cuando un Estado es percibido como fallido o estratégicamente riesgoso, la soberanía deja de ser un límite absoluto. La lógica es clara y dura: el interés geopolítico pesa más que el principio de no intervención.
Ante ese escenario, una pregunta inevitable surge en México: ¿existe el riesgo de una intervención similar? La respuesta, por ahora, es no. Las condiciones geopolíticas, económicas y estratégicas distan mucho de las venezolanas. Además, el discurso del gobierno mexicano ha sido consistente en la cooperación sin subordinación, no en la confrontación abierta que caracterizó al régimen de Nicolás Maduro.
Sin embargo, el tema no está fuera de la mesa. La preocupación expresada por un grupo de congresistas demócratas en una carta enviada a Trump muestra que la idea de una “ayuda” estadounidense —incluso con presencia militar— para combatir al narcotráfico sigue circulando en los pasillos del poder en Washington. No sería la primera vez, ni necesariamente la última.
La historia respalda esa inquietud. Estados Unidos ha intervenido de manera directa en México al menos ocho veces, ya sea mediante acciones militares formales, ocupaciones, operaciones armadas limitadas o presiones políticas con efectos internos profundos. El precedente existe y no es menor.
Por eso, la inquietud entre varios mandatarios de la región es evidente: si hoy fue Venezuela, mañana podría ser cualquier país atrapado en una crisis interna prolongada. América Latina parece entrar en una etapa más áspera, menos discursiva y más pragmática, donde los hechos pesan más que las declaraciones y la soberanía se vuelve condicional.
No es un simple regreso al pasado, pero sí a una lógica que muchos creían superada.
Venezuela marcó un punto de quiebre. El resto del continente ahora vive con un precedente sobre la mesa. Y en política internacional, los precedentes rara vez se quedan quietos.