Cultura

El último aliento de María Luisa Puga


Diario del dolor. María Luisa Puga. UNAM. Colección Vindictas. México, 2020.


Después de haber vivido en varias ciudades de México y de otras latitudes, María Luisa Puga (Ciudad de México, 1944-2004) eligió cambiar de residencia para estar en contacto con la naturaleza y optó por irse a vivir cerca del lago de Zirahuén, en Michoacán. En varios de sus libros describió la presencia de Esteban, un árbol que miraba desde su estudio y que era especial para ella, pues le transmitía paz. Mas un hecho funesto tuvo lugar una mañana de 1994, cuando unos sujetos la secuestraron en su cabaña y su salud se vio afectada: primero tuvo problemas con el sistema nervioso y luego arribaron las enfermedades degenerativas. Su vida ya no fue la misma.

En 2002, la escritora fue diagnosticada con enfisema pulmonar y artritis reumatoide, padecimientos que se encargaron de deteriorar cada vez más su cuerpo. Este último malestar ocasionó que fuera perdiendo la movilidad. Pese al dolor que sentía en las articulaciones, Puga escribió un diario, una bitácora sobre lo que experimenta ante el desasosiego o la nueva manera que tuvo de habitar en el mundo.

Comenzó a escribir como un desahogo, mas luego se percató que algo la invadía y no la dejaba ser la de antes: se trataba del dolor. Escribir para ella era un verdadero reto, dado que debía luchar contra del miedo de que algunas articulaciones se le rompieran. Así el libro vio la luz, es un compendio de cien fragmentos sobre la intensa —y compleja— relación que tuvo con Dolor, personaje siempre presente. Este ensayo se dio a conocer bajo el sello de la editorial Alfaguara, contenía un disco compacto con la voz de la autora y, en su momento, existió la posibilidad de acercar esta experiencia narrativa a las clínicas del dolor de la Secretaría de Salud, como parte de las terapias a los enfermos terminales. Luego dejó de circular y se convirtió en un libro complicado de conseguir, de recuperación en bibliotecas. El año pasado, en plena pandemia, la colección Vindictas lo rescató.

Escribir sobre Dolor no es fácil, porque se lleva a cuestas, hace ruido, molesta, inquieta, se introduce en conversaciones ajenas y llega cuando menos se piensa. Es vivir —o intentar vivir— bajo un yugo, una cárcel, una tortura. Y, por si fuera poco, es el huésped extraño, insolente que los familiares y conocidos traen bajo el brazo y lo escupen en la cara del enfermo: ¿Tienes dolor? Salpican la obviedad como si ellos tuvieran más conocimiento que los médicos y lograran mitigarlo. Cada quien tiene una experiencia de cómo reacciona su cuerpo ante las embestidas de ese huésped que, acaso, es como la comezón que nunca se quita.

María Luisa Puga pasa por distintas etapas de la enfermedad y las comparte con el lector, o con algún enfermo que requiera empatía. Uno de los errores más comunes cuando visitamos o atendemos a un enfermo es intentar homologar y comparar el dolor que hemos experimentado con el que padece. Ningún dolor es similar, siempre es personalizado e intransferible. Es un principio básico que todos deberían entender. Aquí los únicos autorizados para nombrar al dolor e iniciar una serie de pesquisas, como si fueran agentes policiacos, son los doctores, nadie más. Pero ante el dolor ajeno resulta inevitable que la mirada del otro juzgue, sea inquisidora, tenaz y hasta quiera reprochar actitudes a partir de su concepción lógica. El dolor secuestra.

La escritora permite que el lector conozca cómo se desarrollan sus días y hasta cada uno de sus movimientos. Reflexiona, cuestiona, soporta, asocia, asimila, difiere, compara, recuerda y exhala. Desea involucrarse más con la escritura para engañar a su cerebro y que esté más ocupado en la creación literaria que en angustiarse por lo que sufre. Como en toda batalla hay que conocer al oponente, nombrarlo, estar consciente de su presencia porque de lo contrario, en el anonimato, en la penumbra, desde lo fantasmal, adquiere mayor control sobre nosotros. Y eso lo sabe la escritora, por eso se refiere a su padecimiento como un personaje. Dolor es autónomo, caprichoso, retorcido y egoísta.

La escritura de Puga se enfrenta a esa consiga, hacer que su vida no solo gire alrededor de Dolor sino que tenga otras perspectivas. Se niega a esa visión reduccionista de darle tanta importancia, de que acabe con ella, de que la silencie. Ella sabe que Dolor es rebeldía y lo combate de la misma manera porque de lo contrario no podría hablarte de tú a tú ni mirarlo atrás de ella o sobre ella aplastándole la cara con una fuerza inaudita.

De las escritoras mexicanas nacidas en los años cuarenta rescato dos nombres, sin temor a ser reduccionista, dos autoras que supieron contagiar en su escritura sus obsesiones y miedos, asombros y desvaríos: Esther Seligson y María Luisa Puga. Conocí a Puga en uno de los encuentros de escritores que organizaba José Agustín en Cuautla, y noté su nerviosismo, su esfuerzo por convivir con los demás cuando en realidad quería estar apartada de todo. En esos años yo era demasiado joven e inexperta como para detectar que su literatura nada tenía que ver con las mujeres que se presentaban a leer en bloques de seis en seis, y sentían que ni Virginia Woolf escribió como ellas.

A fines de noviembre de 2004, a María Luisa Puga le costaba trabajo caminar. Con bastón, andadera, silla de ruedas, vino a la Ciudad de México a una revisión médica. Le detectaron un cáncer avanzado en el hígado y los ganglios. Tres semanas después falleció en la mañana de Navidad, lejos de su ambiente bucólico. Su última petición fue que colocaran sus cenizas junto a Esteban, el árbol que veía desde su estudio y que muchas tardes la acompañó en su escritura.

Mary Carmen Sánchez Ambriz

@AmbrizEmece

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Mary Carmen Sánchez Ambriz
  • Mary Carmen Sánchez Ambriz
  • mcambriz@hotmail.com
  • Ensayista, crítica literaria y docente. Fue editora de la sección Cultura en la revista Cambio.
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