Brenda Ríos (Acapulco, Guerrero. 1975) explora las aportaciones que han hecho varias mujeres en la literatura, la filosofía y la música. Como ella misma lo advierte en el prólogo, es un libro caprichoso porque la selección atiende, básicamente, a la manera en que se ha sentido identificada con estas creadoras. Siempre en las listas sobran o faltan nombres; no obstante, sería poco serio exponer huecos o ausencias que, tal vez, no existen. Tan subjetiva es la propuesta de Ríos como la lectura de cada uno de nosotros al asomarnos a estas páginas.
Hay un punto de quiebre o piedra de toque, así podría denominarse al instante en que cada uno de ellas decidió salir de su zona de confort y enfrentar la vida desde una distinta perspectiva. El misterio es un elemento en común que las une. Porque, como detalla la autora, “se callan a veces, gritan otras pero vuelven a una necesidad de narrar, pintar, saltar, cantar, darse”. En primer lugar están las escritoras (Clarice Lispector, Inés Arredondo, Dolores Castro, Lucia Berlin, Anne Sexton, Carson McCullers, Emily Dickinson y Gloria Gervitz, entre otras); luego las filósofas (María Zambrano y Chantal Maillard) y la intérpretes de Amy Winehouse y Becky G. Los intereses de la ensayista están muy claros: la poesía, la narrativa, el ensayo filosófico y la portentosa voz de Winehouse.
Uno de los textos más logrados es el dedicado a la cantante británica, cuya vida estuvo rodeada de altibajos. Amaba, reía, se lamentaba y asombraba con su voz. El retrato que elabora de Winehouse recuerda la vida de los boxeadores que cuando tienen fama, poder, dinero, piensan que sus seres queridos van a protegerlos y arroparlos; no obstante, son los primeros en darles la espalda si la buena fortuna no está de su lado, como ha sucedido con algunos. Y la caída es inclemente, estrepitosa, como cuando los pugilistas quedan noqueados en la lona frente a su oponente. La cantante dejó de brillar y se refugió en el mundo de las drogas, espectro del que nadie acudió a rescatarla. Ríos escribe desde la indignación, exhibe el abandono que padeció la joven y se ocupa de proporcionar una retrospectiva dotada de sororidad. Aquí aprovecha para definir qué es la posmodenidad, término muy frecuentado en la década de los noventa. “Es la simulación de los paraísos armados, falsos, las mansiones, los viajes, los objetos, y la vida trémula: se vive como en una embarcación en una tormenta”, refiere. La pluma de Ríos vibra por la voz de la joven intérprete, fluye de manera arrebatada, casi violenta como la forma en que su familia y seres queridos trataron a Amy Winehouse. La mayoría de las veces cuando escriben sobre Winehouse lo hacen desde la frivolidad y la visión estrecha que identifica a la información sobre el mundo del espectáculo. Es poco usual que alguien se ocupe de la cantante con la sororidad y visión de la ensayista.
Una característica de los ensayos de Ríos es el ritmo, la manera que logra armonizar su prosa y expresar un punto de vista. Ha demostrado que puede escribir reflexiones casi de cualquier temática, inscritos en la tradición del ensayo al estilo inglés como en Las canciones pop hacen pop en mí y en otros títulos.
Otro rasgo del libro es la honestidad. Describe un encuentro y desencuentro, como le sucedió con la narrativa de Clarice Lispector. He aquí otro rasgo de excepcionalidad, pocos autores demuestran este titubeo en sus lecturas, porque creen que cualquier señal de esta naturaleza los desmarca de la grandilocuencia. Pese al tono intimista, el uso del yo, en ningún momento leemos a Ríos como protagonista de cuando leyó por primera vez tal o cual libro, esa no es su perspectiva; en cambio, recobra las piezas necesarias para esbozar un retrato de las autoras, una invitación a leerlas o a escucharlas.
La línea más delgada en estas páginas es cuando establece comparaciones filosóficas y añadidos literarios. Es delgada porque el pensamiento se diluye y crea una serie de complicaciones en los postulados de María Zambrano. Sin embargo, cuando le concede a cada creadora su espacio y habla de sus influencias inmediatas, obtiene interesantes resultados.
Sería deshonesto mencionar que son mujeres sensibles, solitarias, poco valoradas y hacerlas pasar como víctimas de una sociedad que nunca las entendió. Es probable que ellas no hubieran deseado ser recordadas de esa manera y menos escudarse detrás de etiquetas que no les corresponden. Incluso el título del libro resulta más un convencionalismo mercantil que una definición de ellas. ¿Son raras o extrañas porque desarrollaron intereses y valores disímiles a los de las mujeres convencionales? ¿Se refiere a que son raras como en su momento Rubén Darío habló de ese término aplicado a la literatura —lo extraño, lo inclasificable—? ¿Es más sencillo decir que eran raras a definirlas como innovadoras? ¿El amor por la literatura o el arte las convirtió en raras?
Si para que el libro cuente con más lectores y, en cierta forma, se divulgue la trayectoria de cada una de estas veinticinco mujeres, es necesario llamarlas raras, pues que desfile de una vez el término. Está claro que cuando ya no necesitemos de estilos más didácticos para hablar del lugar que ocupan las mujeres en la cultura, entonces significará que nos hallamos en una sociedad más igualitaria y con menor tendencia al linchamiento.