Amaestraron la inexactitud con tal de relativizar los datos, las formas de plantearlos; relativizaron hasta el entendimiento. En algún momento será necesario pensar en la permisividad al olvido. Ninguna sociedad debe olvidar la catástrofe de nuestra enfermedad, pero se insiste en ello a cada instante al desechar del consciente colectivo el recuerdo de la tragedia mientras la vivimos.
Cuánto desprecio se tiene en este gobierno por la angustia de la muerte. De ahí el desprecio por la muerte misma, antídoto de sus propios subtextos. Funcionarios usan la palabra científico como disfraz de la nada: aún no
han pensado en vacunar niños, se mueren pocos. Cuando cambien de postura la perorata se habrá olvidado.
El quehacer político no sólo remite a los efectos sino también a las formas de la política. La manipulación extrema
y la charlatanería no son disociables de los resultados. Ningún funcionario tiene derecho a la arrogancia, menos frente a la asfixia. El subsecretario encargado afirma sobre el porcentaje de vacunación en la población adulta; su frase implica un absoluto, quiere dar a entender un cuadro completo. No ignora la mentira, igual miente.
Año y medio después seguimos desincorporando a la emergencia el exceso de muertes. Los números oficiales se mantienen partidos y quien debía dirigir optó por la impunidad discursiva.
Si la marea sube también lo hace el insulto a la inteligencia ciudadana. Los colores ya no significan. El indicador, vaporoso al comunicar las posibilidades de movimiento, es hoy para las autoridades de la capital una mera señalización de tendencia. Roto el código de entendimiento más primario, ni los semáforos dicen cuándo avanzar o detenerse.
Vuelve a ser necesario decir lo obvio: responsabilidad compartida no es responsabilidad equivalente. La desjerarquización relega el peso de las acciones en los gobernados y olvida su condición de gobernados.
Vemos, en cambio, un gobierno incapaz de rechazar el mal ejemplo en un funcionario sin vergüenza de decirle a un periodista que el cubrebocas es bozal. La versión mexicana de la pandemia es un compendio de excusas rumbo al desamparo. Es la renuncia a la pedagogía política, esa útil para salvar vidas.
@_Maruan