M+.- El estado de tensión constante que amenaza con el caos y juega para que éste no llegue, es ya la apuesta de la época para hacer política. Los meses de cese al fuego en Irán, ahora con sus sesenta días en espera de renovación constante, exhibieron las maneras de extorsión legitimada que, en otros tiempos, habrían sido poco probables por salirse de los códigos desde los cuales es posible llegar acuerdos.
El lenguaje cambió. El de los posibles tratados y las cohabitaciones.
Teherán encontró eficacia en su instrumento de chantaje, Washington reafirmó sus herramientas de presión y las exacerbó por medio de la estridencia delirante.
Los dos actores demostraron su relación de fuerzas y se han enfrentado a la necesidad de contener dosis de ideología en sus acciones y posturas. De relativizar humores ideológicos para evitar fracturas políticas al interior de coaliciones, gobiernos, cuerpos militares o aparatos de poder. Trump a su base MAGA, Ghalibaf o Araghchi a una línea de las Guardias Revolucionarias.
Lo que no cambió, es que ninguno se construyó gracias a la estabilidad que se ha roto en esa parte de Medio Oriente. No es una zona donde se nos dé.
En el otro proceso de negociación mayúsculo que ha provocado la Casa Blanca se encuentra México.
En el proyecto que gobierna este país hay una distancia entre sus sectores duros —incluida la Presidenta— a reconocer que, en alguna medida, gracias a ese mundo vilipendiado en su revisionismo histórico se gestó el ambiente que permitió su existencia. Sin la estabilidad y arquitectura económica mexicana, vinculada a los principios de la relación comercial de Norteamérica, difícilmente tendríamos los actores políticos de las últimas décadas.
Palacio afirma consciencia de la importancia de nuestras relaciones, pero no da la impresión de notar que, a partir de ahora, tendrá que cuidar los exabruptos del dogmatismo. Lo que se abrió no es un limbo con Washington, sino una prueba anual a los humores de la sobresimplificación ideológica que dos gobiernos han hecho patente en su estructura mental.
Insistir en la idea reduccionista de soberanía sirve para el discurso y proteger a los peores de la tribu, no para un nuevo lenguaje de negociación.