Cierta tendencia ha rondado algunos diálogos de la pandemia. Analogías que colocan a los individuos como una enfermedad y cantan que nuestra civilización fue el virus, otro. Se insiste en que la enfermedad plantea la posibilidad de rescatarla. Qué cursis podemos ser quienes seguimos sanos y cuán parecida llega a ser esa cursilería al voluntarismo que habla de lo que fuimos sin notar qué somos.
Intentamos definirnos desde lo que asumimos próximo, obviando aquello realmente cerca.
Han pasado más de siete décadas desde que la humanidad vio con tantas dudas y en estas dimensiones la incertidumbre de su futuro, solo que las analogías a una guerra siempre resultarán inexactas. En un conflicto bélico las opciones serán la rendición o la negociación, ambas opciones imposibles en la crisis sanitaria actual. Salvo la facilidad de un lenguaje que cae en lugar común, no hay nada que admita devaluar tanto a la pandemia como a los saldos de una guerra. Esas recurrentes analogías descansan en la mala relación que tenemos con nuestro pasado. No caería mal darnos cuenta de que algunas virtudes en esos que se dice fuimos antes de la pandemia, a pesar de las contradicciones, son las que nos podrán sacar de ella. Justo eso que llamamos civilización.
El espejo detestable de nuestra sociedad no se mide en un pasado imperfecto, sino en el menosprecio de nuestros no pocos logros y lo que hicimos con ellos. La política nunca fue el problema, sino la manera en que la tergiversamos. Ocurre lo mismo con cada aspecto de construcción cívica.
Tras nuestros peores momentos en el siglo XX fuimos adaptando un ideario de acuerdos y códigos que ahora vamos abandonando.
La aspiración a códigos compartidos entró a los terrenos de la relativización al confundir verdad con valor. La democracia o justicia como constructos en constante desarrollo se sustituyeron por nociones absolutas que las diluyeron. Lo que fuimos antes y somos durante la pandemia no es un asunto de mejoría individual como de entendimiento social entre antagonismos. El deterioro civilizatorio en que nos encontró la enfermedad es el resultado de abandonar el equilibrio que permite balancear el idealismo y el racionalismo con los que se nutre la vida pública. Negar las condiciones antagónicas parece descubrir una relación de sinceridad, aparente autocritica y bienestar interior, pero, querer emanciparse de las contradicciones de nuestra existencia es anular la provocación del pensamiento.
Para habitar esas contradicciones establecimos reglas y métodos que, al menos en el ideario, contuvieran el daño que somos capaces de hacernos y el que puede provenir de un afuera que apenas conocemos.
Con sus evidentes diferencias y gravedades, la permisividad tanto a la política de violación a los derechos humanos por parte de Nayib Bukele en El Salvador como a la inquietud de Donald Trump para inyectar desinfectantes o, a la perspectiva horizontal en una curva de contagio ascendente y vertical, comparten la deriva en los acuerdos que permitían limitar nuestra vocación autodestructiva.
Hoy, las analogías forman el entorno con el que renunciamos a las vías políticas y a la visión científica como herramientas para garantizar la subsistencia.
@_Maruan