Cierta miopía invade a quien cree que los símbolos son suficientes para gobernar. Frente a periodos de crisis, una sociedad busca símbolos que marquen ruta contra su estancamiento, pero necesita rechazar la permanencia en ellos para que el impulso tenga algo de sentido. Un gobierno estacionado en los símbolos del autoconvencimiento no hace suya la catástrofe, tampoco la dimensiona.
La fórmula se repite sin importar proporciones trágicas que llegan a lo insultantemente mayúsculo. La crisis de derechos humanos o la violencia más aterradora en un país de machos. A través de anuncios, el gobierno mexicano busca hacer símbolos que terminan en demostración de lo que en realidad evade.
Qué embriaguez de sí mismo carga el Presidente de este país con su improvisación de decálogo ante la violencia hacia las mujeres. Primera persona para hablar de quien no es él. Ni una sola palabra que muestre la intención de controlar la demencia. Esfuerzo por convertir todo en un símbolo que se ciega ante un mundo de oscuridad a nuestras espaldas. En la rabia por la barbarie, su sinsentido se reafirmó en las voces de cuanto funcionario y dependencia se prestaron a la indolencia.
La política mexicana tiene una extraña relación con los símbolos. Gobiernos previos fueron incapaces de entender su utilidad, mientras, el actual los abraza en exceso hasta transformarlos en un ornamento con el que se refleja contento. La política de piñata vacía en Palacio Nacional sirve para hablar de casi cualquier tema y evitar entender el papel responsable del Estado.
La misma confusión entre las figuras de gobierno y Estado, es resaca de una embriaguez por el enamoramiento de los símbolos como origen de un proyecto que se resiste a construirlos para que sean consecuencia. Un gobierno puede hacer símbolos que blinden la supervivencia del Estado, no símbolos que por indiscutibles impidan su corrección.
El símbolo como consecuencia carga con el peso de la historia que lo lleva a convertirse en tal: los logros, las conquistas sobre lo nocivo. En cambio, el símbolo de origen, en su limitación, prescinde de la historia para situarse en el vacío de las formas. Cree que es, sin darse el tiempo a ser.
Los símbolos no resisten amablemente las contradicciones. Éstas, sirven para desbaratarlos. Disgustan de la demostración de sus defectos. Su condición de símbolos pide verlos como la comprobación en sí. Para eso existen y son efectivos al evocar. Necesarios en política como la forma más asequible de cualquier planteamiento; los creamos para entender de manera sencilla los grandes problemas, pero no están hechos para resolver los problemas. Sirven para detonar la memoria sin hacer memoria.
A la repetición de los símbolos se les ha sumado su defensa, solo que la defensa del símbolo no acepta razones. Prefiere recurrir a la relativización de cualquier argumento antes que aceptarlos.
El análisis de un proyecto de Estado que queda satisfecho con sus símbolos corre el riesgo de hacerlo bajo la perspectiva de la ilusión. Olvida que cuando un gobierno comete el error de convencerse de aquello que evoca, surge el ejercicio de poder en el que el cinismo sustituye a la hipocresía. México tiene experiencia en ambos.
@_Maruan