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Domingo , 24.02.2019 / 00:15 Hoy

Apuntes incómodos

La paradoja del diálogo

Maruan Soto Antaki

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Llevo ocho años escuchando la palabra “diálogo” pronunciarse con una ligereza que le impone nociones ambiguas. En Siria he visto la guerra perpetuarse mientras unos prometen dialogar, intentan dialogar, dejan de dialogar. Por eso mi incomodidad al notar cómo llena, con mínima precaución, gran parte del debate mexicano sobre Venezuela.

Aparentemente incapaces de ver algo fuera de la dicotomía, profundizamos poco la injerencia rusa, china o norteamericana, sujetos de otro texto, y no pensamos la imprecisión de una pobre palabra a la que hemos devaluado.

Es claro que, antes de opciones de otro tipo, para resolver un desastre político o un conflicto bélico resulta incuestionable optar por un diálogo o una negociación. Desgraciadamente, en el caso venezolano, como en otros, decir “diálogo” puede significar nada.

Una buena intención o distancia con la realidad, desde la que se cae en lo ingenuo, se simplifican los hechos, o se miente. El camino proverbial se reduce a frases cómodas, cuando deberían ser elaboradas y comprometidas para derrocar el reduccionismo, opuesto al interés en resolver el conflicto.

La guerra en Siria, con sus incesantes cumbres de paz, aún más infructíferas que el resto de las medio orientales, y somos una zona del mundo con inclinación a ellas, me obligan a pensar una serie de apuntes para decir “diálogo” con responsabilidad. Después, lo digo poco. No es abdicar, sino comprender la urgencia.

La naturaleza de un régimen autocrático es permanecer en el poder, de ser distinto no existiría. Una dictadura es el epítome de estos gobiernos.

Si una crisis política se traduce en el deterioro de las garantías básicas, el primer problema a resolver es ese deterioro. Para hacerlo es imprescindible reconocerlo. La historia no ha dejado muchos violadores de derechos humanos que reconozcan sus crímenes en una mesa de negociación.

Los regímenes dictatoriales tienen pocos estímulos para abandonar voluntariamente el poder. Será el agotamiento, por edad o por la pérdida del control político o militar. Será su salvación a través del ostracismo o el exilio, permitiendo poner fin a la dictadura que ha destruido vidas, deteriorado garantías y derechos.

Cuando el sufrimiento rompe los límites de lo tolerable, es viable considerar el retiro de quien ejerce el poder a cambio

de cierta inmunidad. La reconstrucción de un país es motivo suficiente, pero exige del agotamiento para que un régimen encuentre sentido en dicha opción.

El tiempo en cualquier proceso de diálogo beneficia a quien cuenta con mayor capacidad de ejercer su fuerza. Las treguas son muestras de intención, su ruptura es la del diálogo. Al tratarse de una dictadura, cualquier medida punitiva o de intimidación a los opositores es contraria al espíritu de una negociación y la anula de inmediato.

El único diálogo posible con una dictadura implica su salida. Si ésta no tiene intención de irse queda debilitarla —con límites—, o negar su existencia —la negación es ilimitada—. Llevo ocho años explicando por qué Bashar al-Ássad es un dictador. Cada día veo a más venezolanos teniendo que explicar qué es Maduro.

¿Qué tanto de esto se pensó en México y en Uruguay para la conferencia de Montevideo?


@_Maruan





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