La entrega de tareas a los militares se ha convertido en una rutina ajena de sorpresas. En el mejor de los casos, recipiente de burlas y en el peor, de cínicas defensas. No hay humor frente a los uniformes, la naturaleza castrense no lo entiende. De seguir por este camino, falta que la Filarmónica toque la séptima de Shostakóvich para ver a un oficial retirado tomando el control de su batuta. El ruso ya una vez fue declarado enemigo del pueblo.
Por encima de gobiernos que se asumen poseedores de una única verdad, los más dañinos son aquellos que se comportan como dueños del tiempo. A partir de una ignorancia fomentada sobre la democracia, Palacio Nacional asegura que la incorporación de lo militar a nuevas y múltiples tareas blinda su operación.
Quien quiera olvidar que entre las virtudes de la democracia se encuentra la posibilidad de modificar —bajo ciertos límites— la ruta de gobiernos previos es libre de hacer el ridículo que escoja, pero bien podría evitar llamarse demócrata. Aquí los límites se pervirtieron. Todo país es una construcción constante. Las vías de la madurez política siempre llevan a que ésta sea civil; ese el primer límite, uno ético.
Un Estado se define a sí mismo a partir de la importancia que les da a las diversas instituciones según su modelo de gobierno. El ejército no es la institución reina de ninguna democracia. ¿Dónde sí lo es?
En la abdicación de los límites civiles se respira ligereza alrededor de la desarticulación estructural que vive el Estado mexicano. La aceptación de un sector de la sociedad por los caminos militares no hace más que hablar de nuestra eterna frivolidad.
Las Fuerzas Armadas se han convertido en un actor político de mayor peso que el admisible y es evidente que aquí, éstas no son juzgables en los términos de los demás. Tampoco uno empresarial, aunque se incorporen a los modos empresariales. De someterse los generales al escrutinio de un funcionario regular, tendrían que responder con las formas de los civiles. La contradicción es implícita a su jerarquía y formación.
Si aceptamos relacionarnos con los militares como actores políticos del aparato civil que están absorbiendo, claudicamos al espíritu de la democracia.
Maruan Soto Antaki
@_Maruan