Política

Consciencia de fragilidad

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Nunca hemos sido buenos para enfrentarnos a la consciencia de nuestra fragilidad. A lo largo de la historia, primero pensamos lo ineluctable en términos religiosos, luego filosóficos y entendimos que, cuando la fragilidad deja de ser una preocupación individual debemos atenderla en términos políticos. Hoy, en todo el mundo, a merced de una pandemia descubrimos que nuestras carencias políticas son obstáculo para remediar lo que sin mirada pública se transforma en fatalidad.

Por primera vez en mucho tiempo somos vulnerables por el simple hecho de estar juntos. La convivencia que enferma no es una figura metafórica. Ojalá entendamos que, en este momento, las carencias políticas —con jerarquías sujetas a la diferencia de responsabilidades— no son exclusivas de gobiernos, sino de una sociedad que como nunca debemos insistir en la importancia de lo público.

Quizá creímos que habíamos sorteado las grandes amenazas, esas que recuerdan que la muerte es un asunto profundamente democrático. No así sus formas y los medios con los que intentamos evitarla.

Frente a crisis que ponen en riesgo la vida de miles de personas, la consciencia de fragilidad individual atraviesa varias etapas. Un mal manejo del miedo lo convierte en pánico, una confusión de prioridades abre la puerta a nuevas formas de mezquindad. La perversión de disociar lo político de lo público aleja a su materia básica. El bien común, como expresión de apariencia melosa, recupera su sentido con la pandemia que ha resguardado en sus casas al mundo que puede hacerlo y obliga a pensar en quienes no tienen esa posibilidad.

En los países más afectados por la enfermedad, la consciencia de fragilidad dejó de ser individual para ser compartida. En México mantenemos distintas fallas de supervivencia social.

Apostar por la incertidumbre nunca ha sido buena guía y menos para gobiernos con demasiadas certezas. Ningún jefe de Estado tiene derecho a presumir seguridad, cuando el mundo busca entender a un virus contra el que no tenemos armas porque ni siquiera lo conocíamos. Nuestra vocación por relativizar alimenta la irresponsabilidad donde no cabe. La noción del costo político se ha desbalanceado en su propia ecuación. Fenómenos de dimensiones como la pandemia de Covid-19 exigen discusiones técnicas y políticas, es decir sociales, entrecruzadas y en simultáneo: balancear la necesidad médica de pruebas clínicas, y otorgarle tranquilidad a una población con la facilidad para hacerlas; pedagogía que transmita la indiscutible necesidad de una certificación para realizar esas pruebas, como se acepta que una escuela primaria no debe operar sin la supervisión del Estado, asumir que gobernar es también administrar el pesimismo en lugar de vitorear un optimismo que asoma ingenuidad.

Negar o minimizar la naturaleza de las reacciones sociales ante la fragilidad es eludir una de las grandes responsabilidades del Estado.

Más allá de las medidas que tomó el gobierno mexicano ante la crisis sanitaria, conducir la consciencia de fragilidad para evitar el pánico y contener la desinformación ha sido deuda de administración pública.

Para contener la fragilidad, el acto cívico por excelencia es cuidar del otro a la par de uno mismo. 


@_Maruan

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Maruan Soto Antaki
  • Maruan Soto Antaki
  • Escritor mexicano. Autor de novelas y ensayos. Ha vivido en Nicaragua, España, Libia, Siria y México. Colabora con distintos medios mexicanos e internacionales donde trata temas relacionados con Medio Oriente, cultura, política, filosofía y religión.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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