La semana pasada les compartí algunos apuntes de Thomas Weber sobre un misterioso personaje que nos evoca a Ya Sabes Quién. Aquí sus conclusiones finales:
“La historia nos enseña que, bajo ciertas condiciones estructurales, los demagogos pueden proliferar. Pero la historia de Europa en los años veinte y treinta y la del mundo a lo largo del siglo XX nos revelan que los demagogos no tienen un único perfil; oscilan entre los populistas sin verdaderas ideas políticas y los ideólogos que adoptan principios de variada condición.
“Los hay racionales e irracionales. Los hay con personalidades que los empujan hacia las soluciones más extremas -Que no se detienen nunca y plantan, así, la semilla de la autodestrucción de sus regímenes-, y los hay con temperamentos moderados y cuyos regímenes duran décadas.
“También están quienes creen que cualquier concesión política no estratégica es despreciable, y quienes opinan que la política es el arte de hacer concesiones. Lo que impide identificar a qué clase pertenece un demagogo incipiente es el estilo común que caracteriza a todos ellos cuando pisan por primera vez la arena política.
“Todos tienen el mismo modo de conducirse y usan el mismo lenguaje; todos se reivindican como individuos fuera de lo común capaces de representar los verdaderos intereses del pueblo, y eso no deja ver qué tipo de demagogo llegará a ser cada uno. “Por lo tanto, es casi imposible predecir si alguien será la reencarnación de Hitler o de Franco o de Lenin o de un tipo de populismo de finales del siglo XIX que, al tiempo que coqueteaba con el autoritarismo, en última instancia se resistía a sus encantos.
“En resumen cuando se enfrenta con nuevos demagogos, la historia no es capaz de decirnos, hasta que no es demasiado tarde, si las señales apuntan a un Hitler...(Trump, Putin, Maduro o a Ya Sabes Quién).
“Sin embargo, las condiciones que hacen peligrar la democracia liberal y posibilitan la aparición de demagogos pueden detectarse muy pronto, pueden afrontarse y, por tanto, neutralizarse e impedir que se agudicen tanto como en los años veinte. De hecho, es nuestra obligación detectarlas lo antes posible, antes de que los demagogos se vuelvan tan astutos como Hitler durante su metamorfosis. Después de todo, el nacional socialismo nació durante la gran crisis del liberalismo y la globalización de finales del siglo XIX.
“También el comunismo creció mucho durante esa época, al igual que el terror anarquista campaba por sus fueros. Los populistas ya habían destruido el tejido que conformaban la globalización, las normas comunes y la incipiente democracia liberal en las décadas que siguieron al desplome de la Bolsa de Viena en 1873, aunque sus objetivos fueran muy distintos de los que perseguirían los demagogos de la era mundial de los extremos.
“Que vuelva a haber o no una nueva era de tiranos no depende solo de nuestra alerta contra los futuros hítleres. Depende, sobre todo, de nuestra voluntad de proteger y reparar el tejido de la democracia liberal en nuestra propia era globalizada, antes de que las condiciones sean tales que los demagogos de la peor calaña proliferen”.
Como anillo al dedo, pues.
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