Perrucha tenía una casa, aunque fuera un Congreso. Durante años acompañó a los trabajadores del Poder Legislativo de Tamaulipas, recibió alimento, cuidados y hasta un reconocimiento oficial.
Lamentablemente el pasado 8 de octubre fue atropellada en el estacionamiento del recinto y cuatro días después murió.
De acuerdo al reporte de un medio local, el conductor, empleado del Congreso, circulaba a exceso de velocidad en el estacionamiento, lugar donde se encontraba la perrita.
Su historia duele, pero también resulta terriblemente familiar: ¿Cuántas veces hemos visto un perro atropellado en una avenida? ¿Cuántos gatos terminan muertos junto a la banqueta mientras los automóviles continúan pasando?
Nos hemos acostumbrado tanto a estas escenas que pocas veces nos preguntamos qué estamos haciendo para evitarlas.
En nuestras ciudades, la velocidad sigue siendo tratada como una comodidad del conductor, incluso cuando pone en peligro la vida de quienes comparten el espacio.
Y los animales también lo comparten.
En 2025, el Ayuntamiento de Toluca informó que había recibido 150 reportes de atropellamientos de perros y gatos, un promedio de 3.4 casos semanales durante el periodo reportado. Son cifras de una sola ciudad y únicamente de incidentes registrados. ¿Cuántos otros animales mueren sin que nadie los reporte?
La velocidad tiene consecuencias medibles. Según la Organización Mundial de la Salud, cada incremento del uno por ciento en la velocidad promedio de circulación aumenta aproximadamente cuatro por ciento el riesgo de un siniestro fatal. Aunque esta estadística corresponde a la seguridad vial humana, permite comprender por qué reducir la velocidad importa tanto.
Perrucha murió dentro de un estacionamiento. Un lugar donde cualquiera supondría que los vehículos deberían circular suficientemente despacio para detenerse ante cualquier imprevisto. Y su caso nos recuerda que también necesitamos gestionar velocidades en estacionamientos, colonias, mercados, escuelas y todas esas calles donde la vida cotidiana convive con los automóviles.
Pero gestionar velocidades exige mucho más que colocar señalamientos.
Necesitamos calles diseñadas para obligarnos a disminuir la marcha: cruces elevados, banquetas continuas, carriles más estrechos y medidas de pacificación del tránsito. La normativa mexicana ya contempla velocidades máximas de treinta kilómetros por hora para calles secundarias y terciarias. Lo pendiente es conseguir que nuestras vialidades realmente funcionen bajo esos criterios.
También debemos hablar de nuestra responsabilidad con los animales que viven en las calles, del abandono y de la falta de espacios seguros para ellos. Pero ninguna de esas conversaciones debería convertirse en una excusa para normalizar que un vehículo pueda arrebatarles la vida.
Quizá lo más triste de Perrucha sea que, incluso teniendo nombre, reconocimiento y personas que la querían, terminó siendo vulnerable ante algo tan cotidiano como un automóvil.
Imaginemos entonces a todos aquellos animales anónimos que diariamente intentan sobrevivir entre nuestras calles.
Ojalá su muerte nos obligue a entender algo que seguimos ignorando: llegar unos segundos antes jamás debería valer más que una vida.
Espero que la indignación no termine en una esquela ni en un mensaje de despedida. Haría falta revisar cómo se circula dentro de los recintos públicos y, sobre todo, fuera de ellos. Porque el respeto a la vida también se demuestra levantando el pie del acelerador, incluso cuando parece que nadie está mirando y ninguna autoridad vigila.