Uno de los activos financieros más difíciles de pronosticar es, sin duda, el tipo de cambio. La relación peso-dólar depende de una combinación de factores económicos, políticos, financieros y geopolíticos que cambian de manera constante. En esta ocasión comparto una reflexión sobre el comportamiento de nuestra moneda durante el primer semestre de 2026 y mi perspectiva para el cierre del año.
El peso inició 2026 alrededor de 18 pesos por dólar y, conforme avanzaron las primeras semanas del año, comenzó un proceso de apreciación que lo llevó hasta niveles cercanos a 17.20. Desde entonces y hasta abril se mantuvo dentro de ese rango, con episodios normales de volatilidad, pero mostrando una estabilidad que pocos anticipaban al inicio del año.
El momento de mayor presión llegó a finales de marzo. La escalada de las tensiones geopolíticas en Medio Oriente provocó un fuerte incremento en la aversión al riesgo a escala global y llevó momentáneamente al tipo de cambio hasta 18.13 pesos por dólar, el nivel más alto registrado en lo que va de 2026. Sin embargo, una vez disminuyó la tensión inicial, el peso recuperó rápido el terreno perdido.
Lo más interesante es que esta fortaleza ocurrió a pesar de que los fundamentos económicos de México no fueron favorables. Durante el primer trimestre se confirmó una contracción económica de 0.6 por ciento respecto al trimestre previo. La inversión fija bruta mostró debilidad y el consumo interno permaneció prácticamente estancado. Las únicas variables que ofrecieron señales positivas fueron las exportaciones y la inversión extranjera directa.
A este panorama se sumaron las decisiones de dos de las principales agencias calificadoras. Standard & Poor’s modificó la perspectiva soberana de México de estable a negativa, mientras que Moody’s redujo la calificación un escalón hasta Baa3, dejando al país apenas un nivel por encima de perder el grado de inversión. En otro momento noticias de esta naturaleza habrían provocado una depreciación importante de la moneda. Sin embargo, el mercado reaccionó con notable serenidad y el tipo de cambio continuó fluctuando alrededor de 17.20–17.30.
Después, hacia finales de mayo y principios de junio, la atención de los inversionistas se concentró en la revisión del T-MEC. Conforme avanzaban las negociaciones el tipo de cambio comenzó a acercarse a 17.40 y 17.50 pesos por dólar. La semana pasada, cuando Estados Unidos anunció que no estaba dispuesto a respaldar la extensión automática del tratado por otros 16 años, el impacto fue sorprendentemente limitado: apenas unos cuantos centavos de depreciación.
Mi impresión es que ese escenario ya había sido descontado por los mercados. Sin duda representa un entorno de menor certidumbre para la inversión de largo plazo, pero dista mucho de significar una ruptura del acuerdo comercial. Aún quedan pendientes negociaciones relevantes, sobre todo en torno a los aranceles al acero y al aluminio, sectores estrechamente vinculados con la industria automotriz, uno de los principales motores exportadores de México.
Tampoco debemos perder de vista que los ciclos políticos cambian. La administración del presidente Donald Trump concluirá, y la relación comercial entre ambos países volverá a negociarse bajo nuevas circunstancias políticas. La posibilidad de recuperar una visión de largo plazo para el T-MEC sigue existiendo y dependerá, en buena medida, de la orientación que adopte la siguiente administración estadunidense.
Con toda esta información sobre la mesa, mi escenario base es que el tipo de cambio cierre 2026 alrededor de 18 pesos por dólar, muy cerca del nivel con el que inició el año. No espero nuevas acciones relevantes por parte de las calificadoras durante los próximos meses y confío en que este periodo de relativa estabilidad permita a las autoridades mexicanas concentrarse en fortalecer las finanzas públicas, reducir gradualmente el déficit fiscal y contener el crecimiento de la deuda.
Como siempre ocurre cuando se habla de mercados financieros, esta es sólo una reflexión sustentada en la información disponible hasta hoy. Los próximos seis meses estarán llenos de acontecimientos que pueden modificar este escenario. Después de todo, ningún analista cuenta con una bola de cristal; sólo podemos interpretar los datos y construir las probabilidades que hoy parecen más razonables.
Solo me queda comentar lo más importante: el valor de nuestra moneda depende mucho más de los flujos de capital que de la información macroeconómica del país, siempre y cuando no exista una crisis.
Hoy el principal soporte del peso es el carry trade: grandes fondos internacionales se financian en yenes, euros o dólares a tasas muy bajas e invierten en México para aprovechar rendimientos cercanos a 6.5 por ciento. Mientras ese diferencial de tasas se mantenga, el peso seguirá fortaleciéndose.
No anticipo una crisis financiera en el futuro próximo; sin embargo, mis principales preocupaciones comienzan a visualizarse hacia finales de 2027.