En el último año se ha insistido —con datos duros, no con propaganda— en que México se convirtió en el principal socio comercial de Estados Unidos. Ese solo hecho lo coloca en una posición estratégica no sólo económica, sino política y geopolítica. Hoy nuestro país concentra más del 40% de las exportaciones de América Latina, supera a Brasil en diversos rubros industriales y lidera la región en producción y exportación de automóviles, autopartes y dispositivos médicos, consolidándose como hub de manufactura avanzada.
El fenómeno del nearshoring encontró en México terreno fértil: inversión extranjera directa superior a los 40 mil millones de dólares y relocalización de empresas globales que ven estabilidad donde antes había incertidumbre. A ello se suman las remesas —poderoso motor silencioso del consumo interno— que mantienen a millones de familias y fortalecen el mercado nacional.
En el plano geopolítico, México es pieza clave del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá y puente natural entre el norte y el sur del continente. Participa activamente en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y en la Alianza del Pacífico, impulsando cooperación e integración regional.
Esa posición, incomoda.
Porque cuando un modelo que prioriza programas sociales, salario digno y soberanía energética muestra resultados, se convierte en blanco. El éxito de un proyecto de izquierda desafía el dogma de que sólo el mercado sin Estado puede generar crecimiento. Y eso no gusta en ciertos círculos del gran capital ni en la derecha internacional.
El embate mediático no es casual. Se busca instalar la narrativa del fracaso para evitar que el ejemplo cunda. Sin embargo, bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador y ahora de Claudia Sheinbaum Pardo, México ha sostenido una ruta de soberanía, estabilidad institucional y respaldo popular, aunado a la tradicional solidaridad que es parte del ADN mexicano, enfocado en apoyar a otros pueblos hermanos sin doblarnos ante la amenaza del imperio.
México no sólo compite: disputa el sentido del desarrollo en la región. Y esa disputa, inevitablemente, genera resistencias.