La narrativa de una guerra “rápida y quirúrgica” comienza a resquebrajarse desde dentro. No es Teherán quien primero levanta la voz de alerta en Washington, sino una dimisión que desnuda fisuras profundas en el aparato de seguridad estadounidense. La salida de Joe Kent, jefe del Centro Nacional de Contraterrorismo, no es un episodio menor: es la confesión institucional de que la estrategia hacia Irán carece de sustento, o peor aún, de honestidad.
Kent no se fue por diferencias tácticas, sino por un desacuerdo de fondo: la premisa misma del conflicto. Su afirmación de que Irán no representaba una “amenaza inminente” dinamita el argumento central con el que la administración de Donald Trump ha pretendido justificar una escalada militar que hoy muestra más improvisación que cálculo geopolítico.
La escalada ha cruzado ya un umbral peligroso: no sólo se bombardean infraestructuras o posiciones militares, sino que se normaliza el lenguaje de eliminación de liderazgos. La Guardia Revolucionaria iraní ha declarado abiertamente que buscará y matar a Benjamin Netanyahu, en una lógica que deja de ser retórica cuando se observa que Israel ha ejecutado ya asesinatos selectivos dentro de territorio iraní. El conflicto se desliza hacia una dinámica de decapitación política mutua.
Pero hay otro frente menos visible: el informativo. El gobierno israelí ha endurecido restricciones para impedir la difusión de imágenes de impactos de misiles, bajo el argumento de seguridad nacional. En la práctica, esto ha derivado en detenciones y sanciones contra ciudadanos que documentan ataques o los comparten en redes, especialmente cuando el material revela ubicaciones sensibles. Más allá de la justificación oficial, el efecto es claro: limitar la visibilidad del daño y controlar la narrativa en medio de una guerra donde la percepción también es campo de batalla.
En paralelo, voces como la de Gavin Newsom comienzan a marcar distancia, evidenciando una fractura interna: mientras Washington escala, los liderazgos locales cuestionan el rumbo.
Y en el terreno, la realidad desmonta la propaganda. No hay evidencia de una “destrucción” del aeropuerto Ben Gurión; lo confirmado es que impactos han alcanzado zonas cercanas y dañado infraestructura, suficiente para evidenciar que Israel no es inexpugnable, pero lejos del colapso que algunos intentan instalar.
El problema no es únicamente moral, sino estratégico. Apostar por una victoria fácil contra Irán revela un desconocimiento —o desprecio— por la complejidad regional y la capacidad de respuesta de un actor que no es Irak ni Afganistán.
Hoy, más que una demostración de fuerza, lo que emerge es una cadena de decisiones erráticas que comienzan a pasar factura incluso dentro del propio sistema. Cuando un alto funcionario de inteligencia decide abandonar el barco en medio de la tormenta, no se trata de una anécdota: es una señal de alarma.
La pregunta ya no es si la estrategia falló, sino si alguna vez existió.