Política

De Gaza a Tel Aviv: el costo de una estrategia que también devora a Israel

El 1 de mayo de 2026, el diario israelí Haaretz publicó una columna de Carolina Landsmann titulada: “Netanyahu se irá, pero el Estado morirá con él”.

Ciertamente es una opinión, no un veredicto, aunque crudamente revelador, y de este texto también en redes circula una versión amplificada; Pero incluso depurado de exageraciones, el diagnóstico de fondo obliga a mirar con frialdad el momento que atraviesa Israel.

Porque si bien Benjamin Netanyahu no está a punto de ser destituido automáticamente, su posición dista mucho de ser estable. Está legalmente acorralado por procesos internos; políticamente cuestionado por una sociedad fracturada; internacionalmente presionado —e incluso con una orden de arresto de la Corte Penal Internacional que, reconocida o no por su gobierno, pesa sobre imagen global y su margen de maniobra.

El punto clave no es su permanencia inmediata, sino la fragilidad estructural que lo sostiene. Israel hoy no enfrenta una sola crisis, sino varias superpuestas: una guerra prolongada que desgasta capacidades, una legitimidad internacional erosionada, y una narrativa de seguridad que ha comenzado a mostrar fisuras. La idea de invulnerabilidad —sostenida durante años en sistemas como el llamado “Domo de Hierro”— ha sido cuestionada por la realidad de un entorno regional cada vez más volátil, donde actores como Irán operan bajo lógicas de presión indirecta y prolongada, demostrando que golpear a Israel no solo es posible, sino que también se le puede dejar inoperante en varios rubros.

En lo político, su supervivencia depende de una coalición inestable dentro de la Knéset —el parlamento israelí—, donde el gobierno solo se sostiene si conserva una mayoría de escaños. La pérdida de apoyo de uno o varios de sus aliados no es un detalle menor: puede significar la caída inmediata del gobierno, la disolución del parlamento y la convocatoria a elecciones anticipadas. En ese equilibrio frágil radica su verdadera vulnerabilidad. No es la fortaleza lo que lo mantiene en el poder, sino el acuerdo precario entre fuerzas que, llegado el momento, pueden abandonarlo. En lo jurídico, el tiempo juega en su contra. En lo internacional, su margen se reduce conforme crecen los costos diplomáticos incluso para sus aliados tradicionales, particularmente Estados Unidos, donde el respaldo ya no es inmune al cuestionamiento interno de los contribuyentes indignados por el uso de sus impuestos para sufragar un demencial genocidio sionista en contra de Palestina.

Aquí es donde la advertencia de Landsmann adquiere sentido estratégico, más allá de su retórica: los Estados no colapsan de golpe, se erosionan cuando sus instituciones pierden equilibrio y su proyecto deja de ser compartido. No se trata de afirmar que Israel desaparecerá, sino de reconocer que su capacidad de recomposición no es infinita.

Netanyahu no es solo un síntoma de esa crisis; es también uno de sus principales aceleradores. Y en ese cruce —entre desgaste interno, presión externa y liderazgo polarizante— se configura un escenario donde la pregunta ya no es cuánto tiempo puede sostenerse en el poder, sino cuánto daño adicional puede absorber el Estado antes de comprometer su propia viabilidad.


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Manuel Aranda
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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