Hay invitaciones que emocionan… y otras que te desordenan un poco el corazón. Hace 4 meses recibí un mensaje por WhatsApp de Mariano Oropeza desde Buenos Aires, Argentina porque sabía algo muy especial de mi historia: Alberto Laiseca fue mi mentor. Mi maestro, sí, pero también una de esas personas que dejan su voz viviendo dentro de la forma en que uno escribe.
Me contactó gracias a Juli Laiseca y me pidió prestar algunos objetos que conservo de aquellos años cuando estudiaba en el Centro Cultural Rojas. Objetos que, para cualquiera, podrían parecer simples recuerdos, pero que para mí tienen un valor incalculable. Decir que sí fue emocionante… y también extraño. Porque de pronto aquello que había permanecido guardado en mi historia personal iba a convertirse en parte de la memoria de muchos.
Hoy esos objetos forman parte de “Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia”, la exposición que el Centro Cultural Rojas de la Universidad de Buenos Aires dedica a mi querido maestro, mi segundo padre. Esta muestra reúne manuscritos, documentos originales, fotografías, publicaciones, obras y objetos que recorren su vida como escritor y también sus casi dos décadas como maestro en el Rojas.
Y esto último me emociona especialmente por aquellos recuerdos, de los más felices de mi vida. Por sus talleres pasaron alrededor de 1,200 alumnos, muchos terminaron convirtiéndose en escritores reconocidos. Y es que Lai enseñaba algo que iba mucho más allá de las técnicas para escribir: enseñaba a perderle el miedo a la imaginación. A entender que la literatura también podía ser extraña, exagerada, oscura, delirante… y absolutamente libre.
Esta exposición fue pensada justamente para recuperar al escritor, pero también al maestro que marcó a generaciones enteras. Se inauguró en Argentina el 5 de agosto en la Fotogalería del Rojas, a 50 años de la aparición de su primera novela, Su turno para morir.
Debo confesar que ver algunos de mis recuerdos formando ahora parte de esa historia me hace pensar en algo hermoso: a veces creemos que guardamos objetos, cuando en realidad estamos guardando momentos. Y algunos momentos esperan años hasta encontrar la manera de volver a contar su historia.
Agradezco infinitamente al Centro Cultural Rojas -de donde soy egresada- por haberme contactado para aportar mis recuerdos para este homenaje tan merecido al escritor de la novela más larga de argentina, pero sobre todo agradezco a la vida por haberme dado la oportunidad de conocer a Lai, un gran maestro que cambió mi vida.
Gracias Lai, por haberme enseñado que la imaginación nunca tiene que pedir permiso. Te extraño demasiado Chanchito, ojalá en la otra vida nos volvamos a encontrar para fumarnos unos puchos y tomarnos una birra.