Cultura

Cuando el futuro llega al aula

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Hay algo especial en el inicio de un ciclo escolar. Cada año, cuando vuelvo a entrar a un salón de clases, siento que no solamente comienza un nuevo periodo académico: comienza una historia. Una historia que todavía no conocemos, pero que tendremos la oportunidad de escribir juntos.

Me emociona mirar esos primeros rostros, conocer a mis alumnos de preparatoria y universidad, escuchar sus nombres, sus inquietudes, sus sueños y, poco a poco, descubrir quiénes son.

Ese primer encuentro académico tiene algo de ceremonia: establecer las reglas, organizar nuestros tiempos, hablar de entregas, responsabilidades y compromisos. Pero, sobre todo, es el momento de dejar claro que detrás de cada actividad hay algo mucho más importante: estamos preparándonos para la vida.

Como docente, me hace profundamente feliz saber que frente a mí están cientos de jóvenes que algún día serán profesionistas, líderes, médicos, ingenieros, comunicólogos, emprendedores o aquello que decidan construir.

Ellos serán parte del futuro y, aunque quizá todavía no dimensionen la importancia de estos años, cada clase, cada error, cada esfuerzo y cada pequeño logro está formando algo en ellos.

Por eso creo que enseñar también significa acompañar. Retroalimentar no es señalar únicamente lo que está mal; es ayudar a mirar lo que puede mejorar. Podemos ser empáticos sin dejar de ser firmes, y asertivos sin perder la sensibilidad. Un estudiante necesita saber cuándo debe esforzarse más, pero también necesita sentir que un error no define su capacidad.

Quiero que aprendan algo que considero esencial: si una tarea no salió bien, se intenta otra vez. Si una exposición falló, se prepara una mejor. Si una idea no funcionó, se busca otra. Incluso los pequeños fracasos cotidianos pueden convertirse en grandes aprendizajes cuando dejamos de verlos como derrotas.

Y mientras ellos comienzan este camino, también los padres depositan confianza y esperanza en nosotros. Detrás de cada alumno hay una familia que sueña con verlo crecer, desarrollarse y convertirse en una persona íntegra. También estamos los docentes, haciendo equipo, compartiendo responsabilidades y aprendiendo a acompañar a una generación que enfrentará retos que quizá todavía no alcanzamos a imaginar.

Al final, más allá de calificaciones, trabajos y fechas de entrega, quisiera que mis alumnos se lleven algo que permanezca: la certeza de que aquello que decidan hacer en el futuro deberán hacerlo con pasión, compromiso y honestidad, sin perder nunca su esencia.

Porque educar no es solamente preparar profesionales. Es ayudar a formar personas capaces de enfrentar el mundo sin dejar de ser ellas mismas. Y por eso, cada nuevo ciclo escolar me emociona tanto: porque, una vez más, tenemos la oportunidad de comenzar. Y quizá lo más bonito de enseñar sea precisamente eso: saber que, mientras ellos construyen su futuro, nosotros también estamos dejando una pequeña huella en él.


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Magda Bárcenas Castro
  • Magda Bárcenas Castro
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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