Hay personas que aseguran haberse descubierto a sí mismas después de viajar. Otras lo dicen después de pasar una temporada viviendo en otro país. Regresan hablando de una versión de sí mismos que, curiosamente, siempre había estado ahí, pero que nunca habían tenido oportunidad de conocer. Y quizá la explicación no está realmente en el destino.
No fue París, Buenos Aires, Madrid, Nueva York o cualquier otro lugar lo que los transformó. Lo que cambió fue algo mucho más profundo: por un tiempo, dejaron de estar rodeados de las personas, costumbres y expectativas que durante años les habían dicho quiénes se suponía que debían ser.
La familia que conocía su historia. Los amigos que recordaban cómo eran en la adolescencia. El vecino que todavía los veía como aquel niño. Incluso uno mismo puede terminar viviendo de acuerdo con una versión que aprendió a representar hace muchos años. Y sí, esto tiene una explicación.
Hace poco leía al sociólogo Erving Goffman, quien publicó "La presentación de la persona en la vida cotidiana" y explicó cómo gran parte de nuestra conducta cambia según el escenario social y las personas que nos observan. No significa que seamos falsos. Significa que aprendemos a desempeñar determinados papeles.
Por eso, cuando alguien llega a un lugar donde nadie conoce su historia, puede ocurrir algo extraordinario. Por primera vez, nadie espera que sea de determinada manera. Nadie sabe que siempre fue "el responsable", "el tímido", "el fuerte", "el que nunca se atreve" o "el que fracasó".
Y entonces aparece una posibilidad. La de escribir sin tener que continuar exactamente el texto anterior.
Es como si durante años hubiéramos sido un libro escrito por muchas manos: algunas páginas redactadas por nuestros padres, otras por nuestros amigos, por la escuela, por la pareja, por la sociedad y algunas, incluso, por nuestros propios miedos.
Pero al llegar a otro lugar, de pronto nadie conoce los capítulos anteriores. Tal vez por eso viajar puede sentirse como libertad. No necesariamente porque el nuevo lugar sea mejor, sino porque allí nadie tiene todavía una versión definitiva de nosotros.
Podemos hablar de otra manera. Vestir diferente. Conocer personas que jamás habríamos conocido. Estar solos. Equivocarnos. Y, sobre todo, descubrir qué queda de nosotros cuando desaparece temporalmente la mirada de quienes siempre nos han conocido.
El viaje, entonces, no siempre nos transforma, simplemente nos permite escucharnos sin tanto ruido. Y quizá ahí está la parte más dolorosa de esta historia: algunas personas nunca tuvieron la oportunidad de conocer esa versión de sí mismas.
No porque no quisieran, sino porque la vida las dejó en el mismo lugar: por la familia, el trabajo, las responsabilidades o simplemente porque así sucedieron las cosas.
Quizá no necesitamos cambiar de país para encontrarnos, sino alejarnos de las expectativas que nos rodean y preguntarnos algo muy sencillo: Si nadie esperara nada de mí, ¿quién elegiría ser?