Cultura

La soledad de no encontrar con quién hablar

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Siempre he pensado que no toda la soledad consiste en estar físicamente solo. Existe otra mucho más silenciosa y difícil de explicar: la de no encontrar con quién sostener una conversación que realmente nos toque el alma.

A este fenómeno algunos investigadores lo llaman “soledad epistémica”, una experiencia en la que sentimos que nuestras ideas, inquietudes o emociones más profundas no encuentran un interlocutor dispuesto a comprenderlas.

El filósofo y psicólogo William James escribió que una de las necesidades más profundas del ser humano es ser reconocido por los demás. No se refería únicamente a recibir atención, sino a experimentar la certeza de que alguien entiende lo que pensamos y sentimos.

Cuando eso no ocurre durante largos periodos, aparece una sensación de aislamiento que puede persistir incluso estando rodeados de personas.

Vivimos en una época donde conversamos mucho, pero compartimos poco. Intercambiamos mensajes, reaccionamos a publicaciones y mantenemos contacto permanente; sin embargo, cada vez son menos los espacios donde podemos expresar nuestras dudas, nuestros miedos o nuestras preguntas sin sentir que debemos resumirlas en unos cuantos segundos.

La soledad epistémica suele aparecer durante cambios importantes: después de una pérdida, al cambiar de ciudad, al iniciar una nueva etapa profesional o cuando nuestros intereses evolucionan y descubrimos que ya no compartimos las mismas inquietudes con quienes antes nos rodeaban.

También puede presentarse cuando atravesamos un proceso de crecimiento personal y sentimos que nuestro mundo interior ya no encuentra eco en las conversaciones cotidianas.

Generalmente sus síntomas suelen ser discretos: una sensación constante de incomprensión, desánimo al intentar explicar lo que pensamos, cansancio social, dificultad para conectar emocionalmente y, en algunos casos, tristeza persistente.

Si esta experiencia se prolonga, puede convertirse en un factor que favorezca la ansiedad o la depresión.

La buena noticia -segùn todos estos estudios -es que no estamos condenados a permanecer ahí.

Buscar comunidades afines, recuperar el hábito de leer, escribir un diario, acudir a terapia o simplemente atrevernos a iniciar conversaciones más auténticas puede abrir puertas inesperadas. La profundidad también se cultiva.

Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea aprender a hablar más, sino encontrar personas con quienes valga la pena pensar en voz alta.

Porque hay silencios que pesan menos cuando alguien los comprende, y pocas cosas alivian tanto como descubrir que, al otro lado de una conversación sincera, existe alguien que nos hace sentir que no estamos solos en lo que pensamos.


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Magda Bárcenas Castro
  • Magda Bárcenas Castro
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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