El reciente reporte de OXFAM “Contra el Imperio de los Más Ricos”, pone el dedo en una llaga lacerante:
“Por primera vez en la historia, el número de milmillonarios en el mundo ha superado los 3 mil y su riqueza combinada ha alcanzado un valor sin precedente”.
Para poner en perspectiva esta frase: “Los 12 mil millonarios más ricos del mundo acumulan, en conjunto, más riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, es decir, más que 4 mil millones de personas”.
Solo con el súbito incremento de la riqueza de esos milmillonarios en 2025, que aumentó más rápido que la tasa anual promedio de los cinco años anteriores; ellos podrían distribuir 250 dólares a todas las personas del planeta”.
Y, aún así, “continuarían siendo por 500 mil millones de dólares los más ricos del planeta”.
Más allá de esta acumulación de capital permisible y alentada por un poscapitalismo globalizado que tiende a ser, en la mayoría de los casos y por fuera de toda ética, rapaz y depredador, surge una pregunta:
¿Cómo utilizan estos milmillonarios su fortuna? La usan para torcer las reglas democráticas a su favor e “influir en actores políticos, presionar a un gobierno, comprar un medio de comunicación o una red social, o procurarse los equipos jurídicos más caros frente a cualquier oposición para garantizarse impunidad total ante la justicia (como fue el caso reciente de Ricardo Salinas Pliego en México)”. (Continuará).
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