La reciente conversación con un amigo aunada a mi permanente apetito de conocimiento, me llevó una vez más a hurgar entre los textos bíblicos, en busca de la frase aquella con la que un ángel auguraba a Ismael que sería: “arisco como un potro salvaje que luchará contra todos y todos contra él” (Gen. 16:12).
Tal parece que la sentencia se cumplió cabalmente no solo en él sino también en sus descendientes, los antiguamente llamados ismaelitas o pueblos árabes, pues desde esa época fechada según algunos en 1800 a.C., los tatarachoznos de Abraham y Agar en el Medio Oriente, no han parado de pelear entre ellos y contra todos, en particular con sus medios hermanos israelitas descendientes del mismo Abraham y Sara.
Traía aun frescos los datos mencionados cuando por una de esas curiosas coincidencias, vi un reportaje de la DW alemana acerca de la situación política en esa región y sobre el “Partido de Dios” (Hizb-Allah), más conocido como Hezbolá, en él se muestra y describe la forma cómo entre chiitas, sunnies, jariyistas, alauitas, cristianos, judíos etc., se ha sembrado y ha germinado la insana semilla del odio.
El odio dice el Dr. Vicente Ezquerro, psiquiatra ex-profesor de la Universidad de Barcelona, “puede definirse como un profundo sentimiento de… aversión… o repulsión…hasta el punto de desear destruir y hacer daño… El odio es persistente, es decir, la persona que odia vive en el odio, desea venganza, y ha elaborado la rabia de tres formas: quiere destruir, hacer sufrir y controlar a los demás”.
Esta última definición recuerda las ideas de Aristóteles sobre las pasiones (entre las que considera al odio) y la relación con las creencias personales que lo alimentan, pues a veces el odio no requiere más razones que las que están dentro de la imaginación del que odia y lo trágico del asunto es que a veces el que odia puede no ser consciente de que lo hace.
Con frecuencia hay líderes que recurren a fomentar el odio para lograr sus fines, tal vez no conocen la protocanónica frase también bíblica: “Ellos sembraron vientos y cosecharán tempestades” (Oseas 8:7).
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