Como casi a diario, temprano me dispongo a diluir los restos de mi somnolencia con un poco de ejercicio, ese que dicen ayuda a vivir 100 años, aunque dudo si realmente quisiera vivirlos en el incierto mundo que algunos apocalípticos vaticinan.
Mientras desayuno, “ad-cautelam” enciendo la tele para oír las últimas del noticiero.
Trasmite un supuesto debate entre políticos de varios partidos, de inmediato mi hipófisis y mi hipotálamo entran en función y me invade una sensación entre asco físico y hartazgo emocional.
Desde la calle escucho un conocido jingle de venta de gas y como premonitorio, el conductor del noticiero pronostica las graves consecuencias económicas mundiales por el boicot al gas, el petróleo y otros commodities, por las medidas tomadas por Irán y las posibilidades de una guerra nuclear.
Rápido mis glándulas suprarrenales llenan mi torrente sanguíneo con una mezcla de cortisol y adrenalina, ¡es el miedo, me doy cuenta! y en automático surge la reacción de huir o luchar, pero mi corteza frontal, esa que hace razonar dice: ¿qué puedo hacer yo para detener eso que me amenaza a mí y a mis seres queridos?, la sensación de impotencia activa de nuevo las suprarrenales y más cortisol aumenta mi estrés y mi coraje con su propia dosis de testosterona, inútil en este caso, pues en efecto ¿qué puedo hacer contra la profunda estupidez humana autodestructiva de algunos?, que a miles de kilómetros deciden la vida y futuro de millones de personas como yo, como tú lector, como mis seres queridos y como los tuyos, y como la de ellos mismos, victimas todos de la infausta inclinación humana a la guerra y la barbarie.
También de la calle, escucho una suave melodía que anuncia el pan de un panadero, pienso en el buen pan, ese que durante siglos nos ha alimentado.
Eso estimula serotonina desde mi intestino y me genera un grato estado de bienestar y de calma.
Mientras pienso en este coctel de hormonas de mi desayuno, escucho a lo lejos un claxon de alguien que le menta la madre a alguien, lo que me recuerda que la estupidez y la barbarie no están tan lejos como yo quisiera.