Un marzo de hace 6 años la Organización Mundial de la Salud anunció que el Covid-19 era una pandemia. Una lectura que marcó mis días de encierro fue un ensayo sobre la espera titulado “El tiempo regalado” de Andrea Köhler, editado por Libros del Asteroide. Si recordamos esos meses de 2020 vivíamos en la incertidumbre: ¿qué es esa terrible enfermedad que está matando a tantos seres humanos?, ¿si enfermo, moriré?, ¿hasta cuándo durará el estado de emergencia? La mayoría de las preguntas que nos hacíamos giraban en torno a la espera. Es muy fácil verlo en retrospectiva, pero cuando el mundo transitaba por esos días había un abismo de dudas entre un día y el siguiente.
En su prefacio, Andrea escribe que esperar es una lata y sin embargo es lo único que nos hace experimentar “el roer del tiempo y sus promesas”, como si lo pudiéramos tocar. Cada día esperamos: que esté listo el café, el autobús, los resultados médicos, nuestro turno en el dentista, las notas de los exámenes, la llegada de una fecha esperada, el fin de semana, que podamos conciliar el sueño, un mensaje de respuesta, un correo electrónico, que la editora lea el manuscrito, que lo publiquen, que tenga lectores. Hay miles de madres que esperan encontrar a sus hijos —aunque sean sus huesos—. En la espera pervive la impotencia, somos “castigados” por algo que desconocemos, es injusta. Algunas veces conlleva dolor y vergüenza. Köhler describe muy bien que no es lo mismo esperar que tener esperanza. “La esperanza está del lado del futuro; la espera está atrapada en el instante”. La espera es ese pensamiento de continua presencia de que algo suceda —y que tal vez, jamás ocurrirá—. “Para el amante que espera un aviso, en un minuto transcurren mil días si le acucia el deseo”. Por ejemplo, Penélope, en la Odisea de Homero, espera por años el regreso de su esposo, Ulises, y en ese tiempo se ocupa en tejer y destejer un sudario para alejar a sus pretendientes y mantenerse fiel hasta el regreso de su marido. En la novela El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez, el veterano espera con dignidad —y por años— la carta de su pensión.
Entre espera y espera solemos llenar el tiempo con tareas “productivas” que nos procuren sosiego y estabilidad. Irónicamente, en nuestras vidas abunda la falta de tiempo. Kölher escribe “con la esperanza de poder señalar lo gratificante de la lentitud y la espera” y, es por ello, que revivo las sensaciones que me provocó el confinamiento de hace 6 años: ¿maldije la espera o pude celebrar el poder hacer una pausa? No sé usted, querido lector, pero yo quisiera estar atenta a esos momentos de espera y poder distinguir que cada segundo vale oro y que hoy es el día en el que estaré más joven del resto de mi vida. Quiero hacer que la mayoría de mis esperas sean ligeras, sin lastres ni toxicidades, sin expectativas dolorosas y, que lo “productivo”, también incluya el descanso y la reparación —que son siempre un obsequio, un presente.