El 8 de noviembre se conmemora en Estados Unidos el Día STEM, una fecha que busca visibilizar la enseñanza de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. La pertinencia de este enfoque debiera asumirse también a escala regional, dada la urgencia de articularlo con los sistemas educativos y productivos de América Latina.
En el contexto universitario mexicano, incorporar modelos STEM es una responsabilidad ética y un compromiso con la equidad social. Las brechas educativas, tecnológicas, laborales y de género siguen condicionando las oportunidades de desarrollo individual y colectivo, por lo que no basta con ampliar la oferta de carreras tecnológicas.
STEM no es sólo una suma de asignaturas técnicas. Es una forma de pensamiento y de cultura académica orientada a la investigación, al razonamiento analítico y a la transformación social. Este enfoque interdisciplinario prepara a las nuevas generaciones para interactuar con un entorno marcado por la inteligencia artificial, la biotecnología, la automatización y la transición energética. Su propósito va más allá de satisfacer la demanda del mercado, pues busca formar ciudadanía crítica y creativa, con sensibilidad para afrontar problemas socioeconómicos complejos desde una perspectiva ética, de equidad e inclusión.
Las instituciones de educación superior tienen un papel estratégico en esta transformación. Su misión exige rediseñar modelos educativos bajo una lógica transversal e inclusiva con enfoque de género. Esto implica integrar el pensamiento científico y matemático en todas las áreas del conocimiento, incluidas las ciencias sociales, las artes y las humanidades, y no sólo concentrarlo en algunas ingenierías.
El principal desafío radica en la implementación. De acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO, 2022), apenas alrededor del 38 por ciento de la matrícula en carreras STEM en México corresponde a mujeres, y en ingenierías como la mecánica, la eléctrica o la electrónica, su presencia suele caer por debajo del 15 por ciento.
Esta brecha se empieza a construir desde la educación básica. Los resultados de PISA 2022 de la OCDE muestran que las niñas mexicanas tienden a confiar menos en sus habilidades matemáticas, pese a obtener resultados similares a los de los niños. A ello se suman los estereotipos de género. Estudios de ONU Mujeres y UNESCO han documentado que muchas estudiantes perciben las disciplinas científicas y tecnológicas como espacios predominantemente masculinos.