Política

La mitad que no gana

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Luis M. Morales
Luis M. Morales

M+.- El bluesunami que inundó la Cámara de Representantes y el Senado este martes y se traducirá en un Congreso de oposición a Donald Trump, ha sido recibido con alivio en la mayor parte del mundo, con la esperanza de que eso sea un contrapeso o atenuante a las amenazas y abusos del presidente. Para los progresistas, además, fue la cereza del pastel en una seguidilla de triunfos en otras contiendas. Diez días antes, Lula había conseguido en Brasil una remontada que parecía imposible; en Serbia, los estudiantes derribaron a Aleksandar Vučić tras doce años en el poder, y en Israel Benjamin Netanyahu quedó lejos de la mayoría que necesitaba para seguir gobernando con la ultraderecha. Nada mal, considerando los meses de derrotas de los gobiernos populares en América Latina y el ascenso de los partidos conservadores en Europa.

Pero habría que contener las ganas de festejar. No porque estos triunfos no importen, que importan, sino porque pueden producir una ilusión óptica. Lo que sucedió en Estados Unidos, Brasil o Israel no es un deslizamiento de la sociedad hacia la izquierda, de la misma manera que antes tampoco lo había sido hacia la derecha. En realidad, se trata de una radiografía de la brecha que se ha abierto al interior de cada país en todo el mundo occidental. Sociedades partidas en dos mitades inamovibles, o casi, enfrentadas entre sí, y un puñado de votantes en medio o en los márgenes que decide, a veces por hartazgo y a veces por miedo, cuál de las dos se queda con todo el poder. Gobierna una mitad, mientras la otra, agraviada, espera turno para tomar su revancha. La elección no resuelve la fractura, sólo decide quién ocupa el trono durante los próximos años.

Las elecciones de estas semanas lo confirman. Empecemos por Estados Unidos. El triunfo demócrata no es una reconciliación ni un viraje ideológico; los hombres blancos, desde el obrero empobrecido del Medio Oeste hasta el ejecutivo de los suburbios acomodados, votaron en bloque por los republicanos. Los demócratas no ganaron porque reconvirtieron a ese sector, sino porque las mujeres universitarias y de los suburbios, sobre todo, votaron en otro sentido: 15 puntos de divergencia con los varones. Pero lo cierto es que este martes más de cuatro de cada diez estadunidenses se mantuvieron en la trinchera republicana. El péndulo se mueve en el margen; los grandes bloques, muy poco.

En Brasil es aún más evidente. Lula ganó con 51.8 por ciento contra 48.2 por ciento de Flávio Bolsonaro. Bastaba con que dos de cada cien brasileños cambiaran de opinión para que hoy estuviéramos escribiendo la columna contraria.

En Israel, según los conteos preliminares, el bloque de Netanyahu obtendría 53 escaños y el de su rival, el exjefe militar Gadi Eisenkot, 48. Ninguno alcanza los 61 que exige la Knéset. Los partidos árabes consiguieron 19, pero nadie los invita al gobierno. Israel es un país que vota una y otra vez para descubrir que sigue partido en dos. O en tres.

Serbia parecería la excepción: la Lista de Estudiantes arrasó con 52.6 por ciento contra 39 por ciento del partido de Vučić. Pero pese a doce años de escándalos del gobierno, cuatro de cada diez serbios siguieron votando por el hombre fuerte. Y los ganadores no son "la izquierda": son una lista ciudadana anticorrupción, sin líder ni ideología declarada.

En junio, Colombia eligió a Abelardo de la Espriella, de la derecha dura, por apenas un punto sobre Iván Cepeda, el heredero de Petro. En Perú, Keiko Fujimori se impuso a Roberto Sánchez por una diferencia que durante el conteo llegó a ser de 749 votos, cifra que cabe en un auditorio.

Entonces habríamos concluido que la derecha arrasaba en América Latina; hoy, con los resultados de Brasil, parecería haber surgido un dique y la posibilidad de regresar el péndulo a favor de la izquierda. Pero eso es una ilusión, considerando que estamos consolidados en dos duros bloques, con sólo diez o cinco por ciento en medio decidiendo por quién deshojar la margarita.

¿Y por qué estamos cosificados en dos bloques irreconciliables? Porque nuestras democracias siguen operando bajo la lógica de que el que gana, gana todo. Quien obtiene 51 por ciento gobierna como si tuviera 100 por ciento; quien obtiene 49 por ciento se dedica a hacer imposible el gobierno o, cada vez con más frecuencia, a desconocer la elección. La alternancia se convierte en un relevo de revanchas avivadas por las redes sociales, que hacen de quien ostenta una opinión diferente un enemigo, un traidor o un idiota.

México reproduce este esquema, aunque con importantes matices. El triunfo de Morena se consiguió con mayor holgura, pero la tentación de convertirlo en un cheque en blanco sigue siendo la misma. Cambios a la Constitución aprobados sin ningún acuerdo con la oposición, un Poder Judicial controvertido definido desde Palacio. Y tampoco es que la oposición se salve; en muchos casos, lejos de ofrecer una posibilidad para conseguir consensos, su tarea ha sido la de dinamitarlos para acusar al gobierno de autoritario. Puede que cada decisión tenga sus razones; el problema es el patrón. Una victoria amplia no desaparece a la minoría; después de todo, cerca de cuatro de cada diez mexicanos votaron por otra opción y siguen viviendo en el mismo país.

Habría que cambiar la pregunta. No se trata de saber a quién le toca el mando absoluto una u otra vez, sino de la manera en que pueda gobernarse para el conjunto. Acuerdos transexenales con todas las fuerzas, instituciones que protejan al que pierde, sabiendo que mañana el adversario estará en el poder.

La elección del nuevo responsable para dirigir el INE es una buena oportunidad para ver si el gobierno de Claudia Sheinbaum es capaz de escapar a esta trampa y ofrecer una lección al mundo, a contrapelo de la perniciosa costumbre en la que han caído los soberanos de nuestros tiempos: gobernar para los suyos. Lo sabremos pronto.


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Jorge Zepeda Patterson
  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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