Política

Gaza: narrar la Historia

  • Columna de Laila Porras
  • Gaza: narrar la Historia
  • Laila Porras

En todos los procesos históricos de dominación, la violencia humana va acompañada de una potente narrativa. Ninguna colonización se presenta a sí misma como tal: necesita relatos que la justifiquen, la naturalicen o la vuelvan invisible. Hablar de Palestina/Israel como un “conflicto” no es una descripción neutral, es una manipulación ideológica. Pues no se trata de un conflicto simétrico entre dos partes equivalentes, sino de un prolongado proceso de brutal colonización de asentamientos que comenzó a principios del siglo XX en Palestina. No debemos olvidar que cualquier proceso de colonización es siempre potencialmente genocida. Y que un genocidio no se hace de la noche a la mañana.

El gran intelectual y escritor palestino Edward Said entendió como pocos que el poder se ejerce mediante la capacidad de nombrar, de representar. En el caso palestino, la narrativa dominante por parte de Israel — y de los países occidentales en general— ha operado negando la existencia y los derechos históricos de un pueblo colonizado y presentando primeramente la colonización como un acto de redención (regreso de los judíos a la “Tierra de Israel” después de miles de años en la diáspora, siguiendo los relatos bíblicos) y más tarde como una necesidad defensiva. Palestina fue convertida discursivamente en un espacio vacío (recordemos la frase de Golda Meir: “los palestinos no han existido nunca”) o atrasado, disponible para ser ocupado, mientras su población era reducida a un problema demográfico o de seguridad. En su libro Orientalismo, Said mostró que la relación entre Occidente y Oriente ha sido, ante todo, una relación de poder y dominación, en la que el conocimiento producido por el dominador no describe al otro, sino que lo crea. En el caso palestino, esta lógica ha alcanzado su forma más extrema: la lucha no ha sido solo por la tierra, sino por el derecho mismo a existir en el relato histórico. Por ello ésta ha sido una verdadera epopeya y en cierto sentido se puede ver como un triunfo el hecho de que hoy todo el mundo conozca la causa palestina, a pesar de las asimetrías en las esferas económica, militar, diplomática y discursiva.

El historiador israelí Ilan Pappé, en su libro La limpieza étnica de Palestina, demostró que el sionismo no fue solo un movimiento nacional, sino un proyecto de colonización de asentamientos, cuyo objetivo no era coexistir con la población indígena, sino reemplazarla. En este tipo de colonización —como ocurrió en Estados Unidos o Australia— la eliminación de gran parte de la población originaria no fue un accidente, sino una condición estructural. Diferentes procesos históricos han dado como resultado formas de limpieza étnica distintas: expulsiones, confinamiento, fragmentación territorial, destrucción económica y genocidio (la eliminación casi total de los hereros en Namibia por los alemanes es el primer genocidio del siglo XX).

La Nakba (catástrofe en árabe) en 1948, es decir la primera limpieza étnica de los palestinos dentro de la Palestina histórica, no fue un episodio aislado ni un “daño colateral de la guerra” como lo quiso siempre manejar Israel, sino el acto fundacional de ese proceso. Más de 750 mil palestinos fueron expulsados, más de 500 aldeas, ciudades y pueblos fueron completamente destruidos y una sociedad entera desarraigada. Sin embargo, la narrativa hegemónica transformó esta limpieza étnica — documentada ampliamente— en un supuesto abandono voluntario. Como ha mostrado Pappé a partir de archivos israelíes, la expulsión fue planificada (plan Dalet). Lo que se impuso fue una mentira funcional: borrar el crimen para legitimar el nuevo orden.

El historiador estadunidense-palestino Rashid Khalidi (al igual que Said, esta doble nacionalidad es producto de la limpieza étnica pues sus familias huyeron a Estados Unidos durante la Nakba) ha insistido en que esta violencia no pertenece únicamente al pasado. La colonización de asentamientos continúa hasta hoy en Cisjordania y Jerusalén Este, mediante la confiscación de tierras, la expansión de colonias ilegales y la fragmentación deliberada del territorio palestino. Presentar esta realidad como un “conflicto” perpetuo oculta el hecho central: una potencia colonizadora avanza, mientras la población colonizada es desplazada, encerrada, agredida y asesinada.

La ocupación de 1967 consolidó este régimen. Gaza y Cisjordania (los únicos territorios que habían quedado fuera del control de Israel, es decir el 22% de la Palestina histórica) fueron transformadas en espacios de control permanente y de apartheid. El lenguaje de la seguridad sustituyó al del derecho internacional, y la colonización fue presentada como temporal. Sin embargo, los asentamientos se multiplicaron, las infraestructuras coloniales se consolidaron y la vida palestina quedó sometida a un sistema de dominación total, entre ametralladoras, murallas y check points. Existen hoy alrededor de 800 mil colonos en los Territorios Ocupados de Cisjordania, incluida Jerusalén Este.

Los Acuerdos de Oslo (1993-1995) no detuvieron este proceso; lo reconfiguraron. Bajo la narrativa del “proceso de paz”, la colonización se aceleró mientras se despolitizaba la ocupación. La Autoridad Palestina se convirtió en administradora de una población sin soberanía alguna, y el fracaso de los Acuerdos fue atribuido sistemáticamente a los colonizados. Como lo dijo la política palestina Hanan Ashrawi: “Somos el único pueblo en la Tierra al que se le pide garantizar la seguridad de nuestro ocupante... Mientras que Israel es el único país que dice defenderse de sus víctimas”. Oslo fue, como señaló Khalidi, un triunfo narrativo que encubrió una derrota histórica.

La situación de Gaza revela el desenlace lógico de este proceso. Un genocidio —como lo dije al principio— no ocurre de la noche a la mañana. Es el resultado de una acumulación prolongada de violencia estructural y de deshumanización. Gaza fue convertida durante años en un espacio inhabitable, sometido a bloqueo, a bombardeos recurrentes y a una destrucción sistemática. La ofensiva actual no surgió en el vacío: se trata de la culminación de una colonización que había negado previamente el derecho a la vida. Por ello, una frase recurrente de los palestinos es: “vivir ya es resistir”.

En este contexto, la reciente declaración del exsecretario de Estado estadunidense Mike Pompeo (2018-2021), al afirmar que era fundamental asegurarse de “cómo se contará la historia de Gaza”, expone con brutal claridad (y una dosis importante de cinismo) la centralidad de la narrativa. No se trata solo de justificar la violencia presente, sino de controlar su inscripción en la historia.

Durante años, grandes medios occidentales han desempeñado un papel clave en este proceso. Han reproducido sistemáticamente el lenguaje oficial israelí, evitando términos como colonización, apartheid o genocidio, y presentando la violencia como una respuesta inevitable. Incluso cuando algunos medios introducen matices críticos, el marco dominante sigue siendo el de un enfrentamiento entre iguales. En otras publicaciones, la colonización aparece envuelta en un discurso civilizatorio que refuerza la deshumanización de los palestinos.

Edward Said advirtió que cuando un pueblo pierde el control de su narrativa, pierde también su derecho a existir políticamente. Por ello, nombrar lo que ocurre en Palestina todos los días no es una exageración retórica, sino un acto de precisión histórica y también un acto de resistencia. No es una tragedia repentina, es un proceso. Y no es una catástrofe natural, sino una política minuciosamente estudiada y sostenida en el tiempo, protegida y legitimada por una narrativa que, gracias a la resiliencia del pueblo palestino hoy empieza, por fin, a resquebrajarse.

En efecto, a pesar de décadas de hegemonía narrativa que ocultaron la realidad de la colonización, hoy existe un cambio palpable en la percepción pública. Encuestas recientes de The New York Times y Siena University muestran que, por primera vez, más votantes estadunidenses dicen simpatizar más con los palestinos que con los israelíes. Entre los demócratas una mayoría (60%) se identifica más con las demandas del pueblo palestino que con las del Estado israelí. Estos cambios son particularmente fuertes entre generaciones más jóvenes (70% de menos de 30 años), así como entre votantes demócratas que también han comenzado a apoyar sanciones y políticas de rendición de cuentas hacia Israel. Lejos de ser un fenómeno marginal, este desplazamiento de las opiniones sugiere que millones de personas están empezando a cuestionar las viejas narrativas dominantes y reconocer realidades que durante décadas fueron invisibilizadas. Por eso la preocupación de Mike Pompeo. Este giro en la conciencia colectiva, especialmente entre jóvenes y sectores críticos incluso dentro de comunidades tradicionalmente alineadas con Israel (como los estadunidenses judíos, en este sentido recomiendo el documental realizado por jóvenes estadunidenses judíos Israelism que se puede rentar en varias plataformas de streaming), ofrece una nota de esperanza: la narración hegemónica ya no es incuestionable y la historia se escribirá cada vez más desde el punto de vista de la justicia y de los pueblos oprimidos.

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