Yo no sé si el hecho de ser un inquieto testigo de lo que sucede día a día, sea por mi condición de ciudadano, de periodista, o por muchos años haber pertenecido a la academia y todavía observar el ambiente cultural y artístico, ha tenido un impacto en mis emociones.
No paso por alto que, desde luego, buena parte de lo que acontece estimula reacciones y, obvio, me pega en mi ánimo, sea para celebrar o para lamentar lo que veo. Lo vivo y lo siento.
Como cada lunes, deseo que a todos nos vaya lo mejor posible. Procuro enviar saludos en los que prevalezcan la empatía, la amistad, el amor.
Si puedo, escucho –y veo- La Mañanera, una referencia valiosa para mi entre el tsunami mediático y lo que se difunde en las redes. En fin…
Ese lunes (10:00 horas) 16 recurro al 96.3 de fm para escuchar la estación cultural del municipio, a ver si hay mejora.
Encuentro una deficiente transmisión de la ceremonia de inauguración del canal (28) de televisión que ya opera.
No sé quién era el encargado de la voz para la radio, pero no era la persona adecuada. Y al escuchar las intervenciones de quienes hicieron uso de la palabra, entendí la pobreza del proyecto.
Ojalá de verdad se convierta en algo útil, no es un juego ni un lugar para los amigos del alcalde.
El mismo día les hablo por teléfono a Paty de Santiago y Arturo Hernández Hinojosa, artistas visuales, para ver si se interesaban en apoyar la realización de un mural. Son las seis de la tarde.
Camino por la Morelos y me doy cuenta que en la Plaza Mayor hay una larga fila de parejas, bien vestidas, con ramos de flores, la mayoría de las mujeres vestidas de blanco, y familiares y amigos.
Un espléndido saxofonista le daba el toque puntual a lo que ahí habría: la boda comunitaria de 229 parejas. ¡Zas!
El martes 17 eran las 09:49 cuando don Andrés, un buen amigo, me hace llegar un mensaje (literal): “Buenas Tacho ya no está con nosotros lo están velando en Morelos y 20 a las 12am es la misa”. Me quedé atónito.
Tardé un rato en recuperarme de la noticia. Tacho era un buen hombre, extremadamente tranquilo, amable, servicial, su mirada amistosa la acompañaba de palabras respetuosas.
Tacho fue salvajemente golpeado en el rumbo de la calle 20 y Ocampo, varios días antes (su familia investiga tejiendo versiones).
Fue llevado al Hospital General de Torreón por una ambulancia de la Cruz Roja; ahí, lo medio atendieron y lo dieron de alta irresponsablemente.
Tacho siguió mal, vivía solo, y hasta que una hermana lo buscó, supo del estado físico y emocional de él. Movilizó a la familia.
Un cuñado envió a un médico neurólogo las radiografías que le había tomado a Tacho, y su respuesta fue: “Hola Miguel.
Parece que sufrió un golpe detrás de la cabeza y la inflamación es mucha. Afecta el lado izquierdo y esto puede afectar el lenguaje y la comprensión. Además de afectar las áreas emocionales. Tendrá que estar en el hospital.
Tiene fractura de cráneo y eso causó la inflamación”. Era la opinión de un especialista en desarrollo cerebral y alteraciones músculo esqueléticas y de aprendizaje del Centro Mexicano Universitario de Ciencias y Humanidades.
Tacho murió. Sí, lo mataron en Torreón. Por la golpiza que le dieron para robarlo, y por negligencia médica y trato inhumano en el Hospital General de la Secretaría de Salud de Coahuila, en el llamado Manto de la Virgen. Fui a su misa.
El sacerdote, después de la lectura del evangelio, comentó que había sido injusta su muerte, que ésta no tenía sentido ni objetivo.
Y que “la muerte nunca tendrá la última palabra”. Hizo un llamado a la resignación, sí, pero también al amor en este tiempo, dijo, de tanta crueldad. Don Andrés y yo salimos consternados.
Ese mismo martes, a las 19:00 horas, voy a la presentación del libro “Entre todos vidas”, en el auditorio Elías Murra Marcos, en plaza Cuatro Caminos. Platico con la autora, Alejandra Sifuentes, parrense radicada en Suiza.
Transmite una contagiosa serenidad y alegría por vivir tras superar un cáncer de mamá que la hizo mentalizarse, revalorar y reemprender su trayecto vivencial.
El miércoles acudo a la UANE, tenía una cita programada a las 6 pm. Cosas periodísticas.
El jueves voy a la Ibero a la inauguración de una exposición de pintura de Marcela Lozano, “El amor y el arte”.
Una muestra que debe conocerse, tanto por la calidad de la artista, como por la técnica y mensajes de amor que colocó al lado de algunos de sus cuadros.
Ejemplo: “Cuando alguien nos mira cariño, es la máxima aspiración”, o la cita de García Márquez: “Te quiero no solo por lo que eres, sino también por lo que soy cuando estoy contigo”…
En ese espacio me entero de la renuncia de una (magnífica) colaboradora en el Instituto Municipal de Cultura y Educación (IMCE).
Son las 19:00 horas del jueves 19 de febrero. Soy testigo de la ceremonia de Reconocimientos a Trayectoria del personal de la empresa Cimaco.
Un buen acto de fraternidad. A las 21:22 horas, mi hermano Hiram Alberto envía un mensaje por whatsapp “… para comunicarles que nuestra tía Tere tuvo un lamentable accidente… se fracturó… está internada en un hospital particular en Orizaba…”. Es la última tía que nos queda y es tiempo borrascoso.
Una tía a la que le debo consejos, palabras de aliento y esperanza, de serenidad y fe.
Lo anterior, más otros capítulos, me producen pensamientos, me introyectan, reflexiono.
Es la expresión vívida de una dinámica a la que opto por adaptarme y reconocer así, aquí, en medio de un ambiente a veces hostil, a veces difícil, siempre retador.
Pero, sin embargo, amoroso y compasivo. Así lo decido.
Y sí, así lo reconozco, en su justo valor. Y sigo caminando.