Política

Cuando la vida cambia de lista

Hay momentos que nadie celebra ni sube a redes. No traen pastel, no tienen brindis, no merecen playlist. Pero llegan y se reconocen sin que nadie lo explique: empiezas a ir —o a enterarte— de más funerales que de bodas. Sucede de manera sigilosa. Descubres que las conversaciones cambiaron de tema, que el calendario se llenó de misas ocupando el lugar que tenían las fiestas.

Antes, la conversación giraba alrededor de la boda, del vestido, de la hora de la fiesta o de dónde seguirla después. Ahora, con más frecuencia, la pregunta es otra: dónde van a velar o a qué hora es la misa. Y en esa simple mudanza de asuntos, uno alcanza a comprender que la vida ya entró en otra estación: la de las despedidas.

No solo cambia la frecuencia de las despedidas, sino la manera en que las vivimos. Apenas aparece un ataúd, aceptamos un libreto inflexible: voz baja, gesto grave, palabras medidas y prudentes. Como si el respeto solo pudiera expresarse con solemnidad. Como si cualquier destello de humor o de música, fuera una falta y no una forma digna de acompañar el dolor. Tal vez sea una costumbre heredada o una idea antigua de que el dolor solo es respetable cuando se vive en voz baja.

Por eso inquieta tanto el velorio. Todo se ordena alrededor del rezo, del murmullo contenido. Y, sin ánimo de ofender la fe de nadie: ¿por qué solo rezos en los velorios? ¿Por qué casi nunca una anécdota a tiempo, una carcajada breve, un recuerdo luminoso que también ampare a los deudos, por qué no música? En el sepelio la música si tiene un lugar, como si al momento final se le permitiera una emoción más ancha.

También suelen repetirse las mismas frases: “fue una larga agonía”, “sufrió mucho”, “la familia también estaba sufriendo”. Pensamos que la vida de alguien se resume solo en su último tramo. ¿Por qué no darle paso a los recuerdos bellos, a los periodos de alegría, a las escenas que de verdad volvieron valiosa una existencia?

El rezo consuela, ordena el dolor, sostiene a quien necesita no derrumbarse. Rezar es la manera más antigua e íntima de acompañar. Pero convertirlo en el único idioma del duelo empobrece la despedida. Hay personas cuya memoria no cabe en una hilera de oraciones; personas que fueron conversación, música, desorden, ingenio.

Cuando la solemnidad ocupa por entero la habitación, la persona deja de serlo y se vuelve emblema. Ya no recordamos cómo hablaba, qué decía, de qué se reía, a quién abrazaba con torpeza o con ternura. Entonces el funeral rinde más culto a la muerte que a la vida.

Quizá despedir bien consista en aceptar la gravedad de la ausencia y la alegría de haber coincidido con alguien. Rezar, sí, todos lo necesitamos. Pero también contar, brindar, sonreír un poco, dejar entrar a la música. Porque hay vidas que no piden un silencio absoluto, que tal vez piden que alguien diga con la emoción a flor de piel: ¡qué maravillosa mujer eras, qué increíble hombre eras; gracias por tanto!

No es fiesta ni negación del dolor; es reverenciar una vida que tuvo tropiezos, desmesuras, humor, amor y memoria. Porque al final, cuando la vida empieza a restar, también empieza a revelar. Revela quién se queda cuando ya no hay fiesta o quién cruza la puerta cuando el mundo se reduce a unas cuantas paredes.

Revela, también, que la risa no es traición. Que recordar cómo vivió alguien resulta más fiel que obsesionarse con la forma en que murió. Que la risa no cancela la tristeza: la acompaña, la vuelve más humana, más soportable.

Cuando la vida se escapa, también se vuelve más nítida. Y en esa claridad terminamos por entender que una risa en un funeral no es irreverencia, sino gratitud; que una canción no rompe el duelo, lo hace respirable; que recordar con alegría no traiciona la ausencia, sino que la honra. Tal vez esa sea la forma más humana —y acaso la más honesta— de decir adiós: no negar el dolor, pero tampoco permitir que eclipse por completo la vida que estuvo ahí, entera, antes de la muerte.


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Juan Manuel Díaz Organitos
  • Juan Manuel Díaz Organitos
  • General retirado del Ejército Mexicano
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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