Una bandera es el símbolo patrio de un país. Representa el origen, la historia y la idiosincrasia de un pueblo. Es el emblema que distingue a ese grupo de personas, sin importar si el territorio es pequeño o grande. Ocupa un lugar en los mapas y eso es suficiente para saber que se trata de una nación.
Al mismo tiempo, un grupo de banderas ondean con orgullo en las competencias deportivas, y una de ellas sobresale por encima de las demás cuando su representado resulta triunfador. El patriotismo se manifiesta y es un momento de gloria y orgullo para quienes pertenecen a ese tierra, porque la Patria es tierra que desde niños se nos enseña a querer, respetar y defender.
En otra perspectiva, por tradición en el ámbito bélico, una bandera también es un trofeo para los ejércitos. En tiempos de guerra quedarse con el lábaro patrio del enemigo tiene un significado muy especial: el vencedor humilla y se queda con el corazón sangrante del perdedor para enaltecer su poderío. La Historia Universal tiene muchos de estos ejemplos, y todavía en la actualidad en algunos países se exhiben en vitrinas de museos dedicados a recordar y enaltecer viejas glorias de batallas.
Pero fuera de todos esos ámbitos, la bandera es en sí misma una tradición, y en México durante muchos años lo fue, sobre todo en septiembre. Hasta hace algunos años, además de avenidas céntricas, se les podía apreciar en fachadas de casas y edificios; en las antenas de los vehículos; en oficinas gubernamentales y del sector privado, las banderas tricolores ondeaban con orgullo.
Sin exagerar, no había esquina que no tuviera vendedores de banderas de todos los tamaños, así como rehiletes -un artefacto extraño en nombre y presencia para muchos milennials-. En la actualidad los vendedores regresan cada septiembre, pero el número de ellos es menor, tal vez porque el entusiasmo no es el mismo, o porque la tradición no ha decaído.
Aunque en las escuelas de enseñanza básica se continúan fomentado los Valores Cívicos y en el mes patrio los salones lucen adornados con banderas y los tres colores se esparcen por todos los rincones del inmueble, junto con el tradicional periódico mural, en las casas de esos niños hay poco o nula repercusión. Tal parece que adornar la vivienda con la insignia que nos identifica como mexicanos es un asunto del pasado.
Es cierto que en los últimos tiempos la situación política, social y económica que hemos vivido no ha sido fácil. México no es el mismo de hace veinte años. Hemos cambiado, pero se supone que somos un pueblo con tradiciones muy arraigadas, y que las fiestas patrias son motivo de alegría y festejo.
Y a pesar de que este año por motivos de la pandemia se canceló el tradicional grito en las plazas de las ciudades y de los pueblos, es seguro que todo septiembre la bandera tricolor seguirá ondeando en lo más alto del asta, sin artificios patrioteros -que se traducen en nacionalismos y tanto daño le siguen causado al mundo-, sino recordándonos que quienes nos antecedieron también enfrentaron problemas muy difíciles, y sin embargo, salieron adelante.
Debemos seguir su ejemplo.