El cartujo guarda la compostura: ante las ofensas y decisiones de Donald Trump contra México, no gesticula ni vocifera, agacha la mirada y rumia su descontento, como recomienda Andrés Manuel López Obrador, tan proclive a la cortesía, a las buenas maneras, a la escritura de cartas amables a la Casa Blanca, aunque nadie le dé acuse de recibo ni mucho menos le responda, ni con un triste tuit.
En su conferencia del pasado miércoles, se preguntó cuáles era los límites en el conflicto con el gobierno de Estados Unidos. Se respondió como un ejemplar jefe de Estado, los límites —dijo— son: “Lo que tiene que ver con nuestra soberanía, la dignidad de nuestro pueblo, pero no actuar de manera impulsiva, nada de balandronadas, si vamos a tomar una decisión, decirlo quedito, sin alzar la voz, con todo respeto, pero con firmeza”. No es relevante si Trump desdeña la importancia de México para su país, si dice tajante: “Ellos nos necesitan, nosotros no los necesitamos”, si nos insulta a diestra y siniestra, si nos llama corruptos y ladrones (“nos robaron 32 por ciento de nuestro negocio automotriz”, declaró a la cadena FOX News), solo hablando “quedito”, aceptando sus condiciones es posible entenderse con él, evitar la confrontación, “pero con dignidad”.
La mano franca
En el periódico La Razón, el historiador y ensayista Rafael Rojas recuerda el episodio ocurrido en un mitin en Poza Rica, Veracruz, el 29 de marzo, cuando ante la amenaza de Trump de cerrar la frontera, AMLO, en vez de protestar, preguntó a sus feligreses: “¿Verdad que debemos de llevar buenas relaciones con el gobierno del presidente Donald Trump?” La gente, enfervorecida, respondió afirmativamente. Con una sonrisa grande, el tabasqueño apostilló: “Miren, el pueblo, el pueblo es sabio”. Entusiasmado, agregó: “A ver, este es un asunto interesantísimo. Que levanten la mano los que piensen que le debo de contestar cada vez que se refiere a México el presidente Donald Trump. ¿Le debo de contestar?” Ante el prolongado y unánime grito de “no”, López Obrador dijo “este es mi pueblo” y, siempre sonriente, aplaudió la entrega y veneración de sus devotos.
Como lo ha hecho en otras ocasiones, ante sucesos como este (y como el de ayer en Tijuana, un déjà vu del esplendor priista, con templete lleno), el monje recuerda aquella escena de La vida Brian, la genial película de los Monty Python estrenada hace 40 años, cuando Brian, desesperado, les dice a quienes lo han confundido con el Mesías y lo siguen a todas partes, aguardando sus palabras y milagros: “No tienen por qué seguirme, no tienen que seguir a nadie. ¡Tienen que pensar por ustedes mismos! ¡Todos son individuos!” “¡Sí! ¡Todos somos individuos!”, grita la multitud. “¡Todos son diferentes!”, exclama Brian. “¡Sí, todos somos diferentes!”, le responden todos, excepto uno, quien tímidamente comienza a decir: “Yo no…”, pero es silenciado por la muchedumbre.
¿Quién se atrevería a ir a contracorriente de AMLO en sus mítines? ¿Quién se atrevería a decirle “yo no” sin ser expulsado del santuario por sus seguidores? Por otra parte, Brian no quería ser sino un hombre común y corriente, no se sentía salvador de nada ni de nadie.
En su texto, Rafael Rojas habla de la oferta del gobierno mexicano —aceptada por Trump— de mayor control de la frontera con Guatemala a cambio de libre comercio, de evitar la arbitraria carga arancelaria. Y concluye: “La izquierda mexicana admite su plena reformulación ideológica”. Si acaso todavía puede llamarse izquierda.
En Tijuana, ayer, entre discursos y plegarias (“Dios lo bendiga”), López Obrador, claridoso como es, dijo: “No queremos perjudicar a Estados Unidos, sino colaborar en migración”. Por eso, para no perjudicar a la primera potencia del mundo, desde el lunes estarán en la frontera sur 6 mil elementos de la Guardia Nacional para controlar el paso de migrantes. Por eso también, Trump le aceptó una llamada y escuchó, seguramente como quien oye llover, cómo el Presidente mexicano le ofrecía su mano abierta y franca.
Movilizar a las masas
En el periódico La Reppublica, Roberto Saviano habla de su conversación con la escritora y activista turca Ece Temelkuran, perseguida por el gobierno de Recep Tayyip Erdoğan por sus artículos periodísticos y sus libros, en los cuales denuncia los excesos del régimen.
De visita en Italia para promover su libro Cómo destruir un país en siete movimientos, centrado en el populismo, Temelkuran explica, entre otras cosas, el motivo por el cual un populista puede provocar una fe ciega entre la gente, dispuesta a aceptar todo cuanto diga. Lo explica —dice Saviano— de una manera directa y sencilla. Para ella: “Los líderes infantilizan a la gente a través de la infantilización del lenguaje político; una vez que la narrativa política compartida se ha infantilizado, es fácil movilizar a las masas y prometerles lo que sea”. Hacerles creer cualquier cosa.
En su encuentro con Saviano, Temelkuran habla también de la imposibilidad de dialogar con gente como Trump o Erdoğan, solo atenta a sus propios intereses. Pretender hacerlo —dice— es como jugar ajedrez contra una paloma: “La paloma no hará sino tirar todas las piezas y defecar en el tablero, para luego volar, cantando con orgullo su victoria y dejando atrás todo el desorden y la suciedad que otros tendrán que limpiar”. La metáfora debería hacernos reflexionar en vez de andar organizando celebraciones por una presunta unidad.
Queridos cinco lectores, desde la soledad de su celda El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.