Sociedad

Tres conductas ejemplares

Cuando hablamos que la corrupción permea en los diferentes estratos de nuestra sociedad mexicana, esto tiene que ver con antecedentes históricos, culturales y educativos. Nuestra historia como colonia (trescientos años) y país independiente (doscientos años) está plagada de líderes y dirigentes corruptos -que deberían ser un ejemplo a seguir por el colectivo y obviamente no fue, ni es así-, salvo honrosas excepciones.

Muchos actos relevantes de corrupción derivan de las clases pudientes económicamente, poderosas políticamente o diversas personas que utilizan las denominadas “influencias o palancas” para obtener un beneficio indebido o ilegal que daña irremediablemente el tejido social al pretender ventajas indebidas. Sin embargo, la historia humana está plagada de infinidad de casos de este tipo –y aún mayores por las guerras e invasiones: pillaje, saqueo, apropiación del fuerte en detrimento del débil, y el famoso “spoil system” (sistema de expoliación legalizado) que beneficia a unos pocos con poder y fuerza instituida. Pero lo más triste es que la mayoría de las veces no hay castigo para esto.

En esta colaboración quiero mencionar tres casos muy sencillos y del más simple nivel social que ejemplifican las conductas que debemos inculcar a nuestros niños y jóvenes para ir construyendo el país recto y honesto al que la mayoría aspiramos, desterrando la corrupción como forma de vida. El primero lo viví yo, y los otros dos me han sido platicados por personajes cercanos, mismos que ejemplifican las conductas que socialmente debemos valorar para poder llegar en un tiempo no lejano a ser un país de primer mundo.

El primero se refiere a una larga fila de compradores de boletos para el barco que navegaba por el Sena en París. Un guía de turistas griego intenta burlar la fila y adelantar la compra de varios boletos en la ventanilla atendida por una mujer. Le ofrece dinero y es rechazado tajantemente (el tipo y su dinero) con una vehemencia inaudita; rechazo del cual todos en la fila nos enteramos. Bravo por esa francesa que no permitió la menor propuesta de corrupción para desarrollar su trabajo.

El segundo tiene que ver con una simple tarjeta para hacer llamadas telefónicas extraviada por una mexicana en un supermercado de Canadá. Su acompañante canadiense le comenta que no se preocupe, que pueden ir a la ventanilla de objetos perdidos y muy probablemente ahí se la devolverán. Al preguntar en la ventanilla por dicha tarjeta telefónica, ¡oh sorpresa!, se las entregan de vuelta. Bravo por esa cultura canadiense donde no se apropian de lo perdido, y que incluso ante la pequeñez del objeto, la devuelven en el área indicada para que su dueña o dueño reclame dicho objeto. No podía yo salir de mi asombro cuando me lo contaron.

El tercero es referente a unos documentos originales muy importantes (profesionalmente hablando) que un mexicano deja extraviados en un sobre amarillo en un asiento del metro de Sídney Australia. Su angustia y preocupación es mayúscula al darse cuenta que había perdido algo que le costaría mucho esfuerzo, tiempo y dinero recuperar. Sin embargo, alguno de sus amigos australianos le sugiere que se dirija a las oficinas del metro para que inicien el rastreo de sus documentos y que seguramente se los devolverán. Pasan algunas horas, y ¡sucede!: el sobre con sus documentos originales le es devuelto, intacto.

Yo no digo que este tipo de pequeñas acciones no puedan suceder en México. Muy probablemente habrá casos también parecidos –y los debemos reconocer-. Pero son los menos y muy limitados. Acontecen por excepción. Necesitamos que la regla sea un comportamiento ético y legal intachable en cada mexicano, y que cuando no suceda así, el repudio familiar y social se hagan presentes. Solo de esta manera: con el rechazo social generalizado (y no como ahora pasa, que el corrupto o delincuente llega a ser admirado) podremos avanzar.

Correo electrónico:

jlcastellanos11@gmail.com


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José Luis Castellanos González
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