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Jueves , 21.03.2019 / 20:43 Hoy

Los inmortales del momento

Shirley Temple, la niña que iba a ser eterna

José de la Colina

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En el Día del Niño es de preguntarse si recordará alguien (además de quien esto escribe, claro está) a la niña que en 1934, a sus seis pimpollantes añitos, ya era estrellita desde algunos cortometrajes de criaturas en pañales y dos o tres largometrajes entonces aclamados y que serían hoy olvidados si la televisión no los resucitara gracias a algún ataque de nostalgia.

A partir de la película Stand Up and Cheer (Levántese y aclame) Shirley Temple, deslumbrante con su talento de prematura diva, con su ánimo cándidamente travieso, con sus ricitos rubios, ascendió al máximo piso astral del cine hollywoodense. A lo largo de su filmografía de unos cuarenta títulos, la niña cada vez más mítica sería ofrecida al ingente rebaño de sus fans como hija ejemplar o frecuente huérfana sublime o niña abandonada y adoptable por solteros octogenarios, o vedetita salvadora de compañías faranduleras en crisis económica, o soldadita mascota de un rudo regimiento escocés en África o, ya adolescente, como la noviecita del legendario Séptimo de Caballería aburrido de tanto cabalgar matando indios de piel rojiza.

En ese cine kitsch o camp o cursi —en el que muchas veces la familia natural solía ser tanto más ensalzada por cuanto era más ausente, pero en el que finalmente la niña huérfana obtenía padres y hermanos no por postizos menos entrañables— la actricita hizo la fortuna de la familia Temple, de la compañía fílmica 20th Century Fox (una de las cuatro grandes de Hollywood) y de innumerables industrias productoras de muñequitas Shirley, vestiditos Shirley, sombreritos Shirley, braguitas Shirley, cómics Shirley, bombones Shirley y chucherías de marca Shirley. Según Norman J. Ziwrold (The Child Stars, Londres, 1965), los ingresos de la familia Temple “ocupaban el séptimo lugar en Estados Unidos, pues el Departamento del Tesoro informaba que la niña había ganado en 1938 la suma de 307 mil 14.00 dólares, que en el mundo del cine solo era algo menor a los ingresos del patrón de la Metro Goldwyn Mayer y algo superior a los de William S. Knudsen, presidente de la General Motors”.

Coronada por una popularidad mundial por encima de las de monstruos sagrados como Greta Garbo, Marlene Dietrich, Gary Cooper, Clark Gable, Ginger Rogers, Fred Astaire y el disneyano ratoncito Mickey, la chiquilla de rizos rubísimos frecuentó casi todos los géneros: hizo melodramas (Pobre niñita rica), comedias (Ricitos de Oro), comedias musicales (Pequeña Miss Marker), filmes de hadas (El pájaro azul), de aventuras (La mascota del regimiento), etc. Dotada de indudable gracia entre traviesa y merengosa, casi aceptable cantante y bailarina (que en La coronelita hasta llegó a bailar junto al gran señor del tap: Bill Bojangles Robinson), representó el convencional aunque vivaz mito en personita de la niñez tradicionalmente pura e inocente, cuyos padres no habrían leído al morboso doctor Freud. Y cuando el gran escritor Thomas Mann, exiliado de la Alemania nazificada y aspirante a la ciudadanía estadunidense, la visitó en el set de Little Miss Broadway, no dudó al proclamarla “genial artista y símbolo de la niñez universal”.

En 1939, cuando sus mohines, sus ricitos, sus risitas, sus pucheritos de llanto, sus audaces falditas cortas más arriba de los muslos y su habitual frase de alegre sorpresa: “Oh, my goodness!” aún engordaban las taquillas, la 20th Century Fox se negó a alquilársela a la Metro Goldwyn Mayer para que fuese la Dorothy de El mago de Oz. Tan magnífica fantasía musical en colores habría sido su apoteosis, pero fue la de la adolescente Judy Garland. Y quizá por entonces comenzó la decadencia de la rubirrizada Shirley… ¡a sus 11 años!

En la segunda mitad de los años cuarenta, cuando el cine estadunidense, marcado por la posguerra, aspiraba a cierta adultez de los temas, Shirley intentó papeles de damita joven cortejable por mocitos galanes y apadrinada por señores rudos del estilo de John Wayne. Los resultados fueron desilusionantes, y lo mismo hay que decir de su personaje lateral y casi gratuito en un western militar, y menor, del gran John Ford: Fort Apache (Sangre de héroes), de 1948, es decir, de poco antes del retiro de Shirley de la pantalla grande después de despachar tres filmes no merecedores de recuerdo.

Luego se dedicó a la vida casera, a sus dos sucesivos esposos, a sus hijos, a una serie de televisión (The Shirley Temple’s Home Show), a un ¿ornamental? cargo de embajadora de la ONU en el que desplegó una retoriquilla republicana, es decir, inclinadita hacia la derecha.

Luego cumplió 85 años.

Y luego, en el 10 de febrero de 2014, murió… tal vez susurrando, en el vaporoso homenaje nostálgico de sus fans cada vez más adultecidos, su línea emblemática: “Oh, my goodness!”.

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