La economía mexicana inició 2026 con señales de debilidad. Según datos del INEGI, el PIB se contrajo un 0.8% en el primer trimestre respecto al cuarto trimestre de 2025, marcando la primera caída trimestral desde finales de 2024. En términos anuales, el crecimiento fue marginal, de apenas 0.2%. Esta desaceleración afectó a los tres grandes sectores: actividades primarias (-1.4%), secundarias (-1.1%, con manufacturas e industria golpeadas) y terciarias (-0.6%). Este arranque frío contrasta con las proyecciones gubernamentales, que estimaban un crecimiento entre 1.8% y 2.8% para el año. Analistas privados y organismos internacionales han revisado a la baja sus pronósticos, situándolos en un rango de 1.2% a 1.8%, con algunas estimaciones más pesimistas cerca del 1.1%. Factores como el menor dinamismo del consumo privado, ajustes en manufacturas por presiones arancelarias y un entorno global incierto explican esta moderación.
La inflación ha mostrado un repunte inicial. En los primeros meses de 2026, la general anual osciló entre 3.8% y 4.6%, impulsada por componentes no subyacentes como alimentos y energéticos. Hacia abril-mayo, se ubicaba alrededor del 4.4%, con la subyacente (más sensible a la demanda interna) también elevada. Esto ha mantenido a Banxico cauteloso, quien, en mayo de 2026, redujo la tasa de interés de referencia en 25 puntos base, hasta 6.50%, probablemente el último ajuste del ciclo de recortes. La Junta destacó que el menor dinamismo económico genera margen, pero la incertidumbre geopolítica y comercial justifica mantener un nivel restrictivo para anclar expectativas y converger hacia la meta del 3% en 2027.
Uno de los puntos más positivos es el mercado laboral. La tasa de desempleo se mantiene entre las más bajas de la OCDE, alrededor del 2.4% en marzo-abril de 2026. La población ocupada supera los 60 millones, con creación neta de empleos, aunque persisten desafíos como la informalidad (cerca del 55%) y condiciones críticas de ocupación. Los salarios mínimos han continuado su alza, apoyando el consumo, pero la subocupación y presiones en manufactura y construcción generan alertas.
A pesar del lento arranque, el nearshoring sigue siendo el gran catalizador. México captó cifras récord de Inversión Extranjera Directa (IED) en el primer trimestre de 2026 (alrededor de 23,591 millones de dólares), impulsada por reinversiones y relocalización de cadenas productivas. Sectores como automotriz, electromovilidad, electrónica y logística destacan. La proximidad con Estados Unidos, el T-MEC (cuya revisión está en curso) y la ventaja horaria y de talento bilingüe posicionan a México como hub clave. Sin embargo, aranceles estadounidenses y la necesidad de certidumbre regulatoria, infraestructura energética y proveeduría local representan retos.
El peso ha mostrado relativa estabilidad, operando cerca de 18 por dólar. Las reservas internacionales son sólidas y la balanza comercial mantiene superávit en algunos meses. El déficit fiscal se administra con cautela, aunque presiones en gasto (salud, seguridad, Pemex) persisten. Para el resto de 2026, se espera una recuperación gradual impulsada por exportaciones (gracias a la demanda estadounidense), inversión privada y un posible repunte en consumo si la inflación cede. No obstante, riesgos externos —recesión en EE.UU., tensiones comerciales, precios de energéticos— y internos —confianza empresarial, infraestructura— podrían limitar el crecimiento a niveles modestos.
La economía mexicana demuestra resiliencia estructural (bajo desempleo, atracción de capital) pero enfrenta un crecimiento anémico crónico en la última década. El nearshoring ofrece una ventana histórica para elevar productividad, formalizar empleo y diversificar. Aprovecharla requerirá avances en Estado de derecho, educación, energía limpia y simplificación regulatoria. Sin estos, el potencial podría diluirse en volatilidad externa. 2026 no será el año del despegue explosivo, pero sí de consolidación de ventajas competitivas. El balance final dependerá de cómo se navegue la incertidumbre global y se ejecuten políticas internas focalizadas en largo plazo. México tiene los fundamentos; falta la consistencia.