Habría que preguntarse cómo queda la relación con el gobierno por parte del PVEM y del PT luego de su rechazo al plan A de Claudia Sheinbaum respecto a la reforma política. Más aún, la negativa del PT a aprobar el rasurado plan B, que pretendía llevar a la Presidenta a la boleta en las próximas elecciones intermedias, obliga a examinar qué consecuencias tendrá en esta alianza. Para ello habría que responder antes a otra pregunta: ¿a qué obedece la rebelión del PT?
Hasta ahora la lógica de este partido, que carece de base social más allá de financiar a algunos grupos puntuales para lucirse en el Zócalo, había consistido en apoyar incondicionalmente al jefe de Estado gobernante. Su papel es el de ser la comparsa que requiere el partido en el poder para darle las mayorías que le niega el peculiar diseño del Congreso. Así fue con el PRI y ahora con Morena.
De allí lo inusual de este boicot a la propuesta presidencial, que además adquiere un matiz personal considerando que afecta directamente a la figura de Sheinbaum. Algún ingenuo podría argumentar que el PT obedeció a un prurito democrático y rechazó un posible abuso del partido en el poder. Loable, pero esos arranques éticos no forman parte del ADN del PT.
Y aquí un poco de contexto. Por razones que sólo podemos especular, Claudia Sheinbaum intentó incorporarse a la boleta de las elecciones intermedias a través de la figura de revocación de mandato, es decir, la consulta popular que introdujo Andrés Manuel López Obrador respecto a la continuación del presidente en funciones. Como se recordará, con el tabasqueño ese ejercicio tuvo lugar un año después de las elecciones de mitad de sexenio, cuando se renueva el Poder Legislativo, para no hacer coincidir las dos votaciones. Se entiende que, al hacer campaña, el jefe de Estado beneficia a los candidatos de su partido.
Poderosas razones debió tener Sheinbaum para intentar modificar esta lógica, pero nunca fueron explícitas, más allá de recurrir al pretexto de la austeridad. En este espacio he sostenido que el propósito de participar en la boleta era un intento de transferir parte del capital político de la Presidenta a los candidatos de Morena al Congreso y a las gubernaturas (17 entidades cambiarán de titular en esas elecciones). Algunos analistas explican esta necesidad como resultado de un preocupante desgaste de Morena y el riesgo que eso implica respecto a la composición del próximo Poder Legislativo. Sin duda, pero a mi juicio esta intención forma parte de una película más amplia: Sheinbaum busca fortalecer a Morena no sólo de cara a la oposición, sino también al interior de la propia alianza. Es decir, la manga ancha con la que se ha operado en el pasado ha concedido demasiadas posiciones a los partidos aliados en el reparto de candidaturas; como resultado, la 4T padece una preocupante dependencia en las votaciones legislativas. Los aliados se han convertido en decisivos y, en esa medida, potenciales extorsionadores.
Lo cual nos regresa a los motivos del PT: rechazó la propuesta de Sheinbaum (empalmar la revocación en la elección intermedia), porque la asumió como un intento de fortalecer a Morena con cargo a sus dos aliados. Lo encontró a tal grado tan amenazante a sus intereses que prefirió incurrir en el riesgo de oponerse al poder a cuya sombra se ha fortalecido.
El tema va más allá, incluso. Me parece que PT y PVEM han advertido que en la visión del segundo piso de la 4T que posee Claudia Sheinbaum su papel queda reducido. Para la Presidenta se trata de un tema no sólo de mayor autonomía política, sino también de congruencia ética, respecto a dos organizaciones mercenarias que han adquirido un poder decisorio preocupante.
Y, sin embargo, hoy por hoy ambos se necesitan. Unos jugarán a expoliar esa dependencia para mantener el orden de las cosas vigente, es decir, la necesidad del Ejecutivo de apoyarse en ellos. Por su parte, Palacio buscará todas las oportunidades posibles para debilitarla. No puede prescindir de ellos, toda vez que la derrota del plan A y B de la reforma imposibilita mayores márgenes de maniobra, pero intentará que en el próximo reparto de candidaturas Morena resulte mejor librado.
La semana pasada la Presidenta hizo un comentario que pasó inadvertido, pero que adquiere relevancia bajo esta lógica: esencialmente ya se hicieron las reformas constitucionales que la 4T necesitaba, dijo palabras más palabras menos. En plata pura esto significa “ya no los necesitamos” o, por lo menos, ya no tanto. Un argumento para negociar en la rebatinga que se avecina. Es decir, si Morena ya sólo requiere mayorías simples (50 por ciento más uno) para la aprobación de presupuestos y leyes secundarias, su dependencia de los partidos aliados disminuye de manera significativa. Toda una declaración de independencia y una misión política de cara a las próximas elecciones para el partido en el poder: conseguir mayoría simple por sí mismo. Y para eso basta con ganar 251 de los 300 distritos y la mayoría de los escaños de senadores en disputa.
Quizá ningún Poder Ejecutivo se puede permitir renunciar a la posibilidad de hacer cambios constitucionales, pero el mero hecho de sugerirlo así cambia los términos de la negociación con estos partidos. Se pondrá interesante.