Cultura

Las cajas vacías

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El escritor español Rafael Sánchez Ferlosio propone un concepto muy útil para encuadrar algunas compulsiones del siglo XXI: “Las cajas vacías”, que son, de acuerdo con su propia explicación, “recipientes o continentes que no solo preceden a la determinación de los contenidos sino que además reclaman como bocas vociferantes la producción de algo que los llene”.

Este interesante concepto aparece en uno de sus ensayos, escrito al final del siglo XX, y tiene algo de visionario pues desde entonces las cajas vacías no han dejado de multiplicarse.

Ferlosio, que murió hace unos meses, era un escritor sumamente excéntrico, escribió a los 28 años una novela que lo hizo muy famoso, El Jarama (1955), y que aunque forma parte del canon literario español es muy poco leída fuera de España. Después de El Jarama publicó otras novelas, y con el tiempo se fue concentrando en el ensayo, escribía artículos de periódico y unas piezas breves, luminosas y con frecuencia inexpugnables, que denominaba Pecios, palabra que sirve para designar los restos de un naufragio.

Durante una parte de su vida, de 1957 a 1972, se concentró en la gramática con una intensidad, digamos, anfetamínica: “Llegué a estar seis días y seis noches sin parar. Me tragaba un tubo entero de Centramina o de simpatina, que eran muy malas (….) luego dormía un día entero con una maravillosa bajada de tensión”, le contó a Félix de Azúa en una entrevista (“Rafael Sánchez Ferlosio: una excelencia”, 1997). En esas jornadas de aliento químico Ferlosio se dedicó a bucear en la gramática y a anotar sus observaciones y sus descubrimientos en decenas de libretas que hasta hoy permanecen guardadas y sin clasificar, nadie sabe en realidad lo que contiene esa obra monumental que estuvo escribiendo durante 15 años. Cuando despertaba de su día entero de sueño, y antes de tomarse el siguiente tubo de anfetaminas, llevaba a su hija, que entonces era una niña, a pasear al parque del Retiro y a ver cuadros en el Museo del Prado.

Sus ensayos son como sus Pecios, a veces geniales y a veces inexpugnables, sus lectores tenemos que atravesar grandes extensiones de bosque enmarañado antes de llegar al claro donde todo se ilumina y cobra sentido; ahí, en uno de esos claros, aparece el concepto de las cajas vacías.

Ferlosio explica que la caja vacía no es un estuche, porque este sirve para contener un objeto específico y en cambio la caja vacía es un continente que pide ser llenado. “Parece que vivimos en un mundo en que no son las cosas las que necesitan cajas, sino las cajas las que se anticipan a urgir la producción de cosas que las llenen”.

Como ejemplo de cajas vacías pone un periódico (de papel); cada día, “ocurra lo que ocurra, está obligado a llenar 16, 32, 64 o mayor número de páginas”, y sugiere que para evitar las cajas vacías que es obligatorio llenar, los periódicos tendrían que salir cada día con un número de páginas distinto, de acuerdo a las noticias que haya habido en las últimas 24 horas.

Este concepto es, como digo, de finales del siglo XX, y el ejemplo que pone Ferlosio es el de un hombre que por su edad no frecuentaba la Red, que es el territorio de las cajas vacías por excelencia.

Pensemos en esa caja vacía, que exige todo el tiempo ser llenada, que es el rectángulo donde escribimos un tweet, o la caja vacía de Instagram que exige que se le llene con una foto. Quizá en nuestro siglo, frente a la pantalla, tendríamos que ampliar el concepto de Ferlosio: cajas-vacías-y-disponibles, pensando en la página de un blog que invita a ser escrita, aún cuando no se sepa escribir, porque lo importante es llenarla.

La disponibilidad es una invitación permanente para cualquiera que se anime a llenar la caja, cosa que no pasa en un periódico de papel pues los que llenan las cajas son profesionales del periodismo.

La dificultad que existía en el siglo XX para hacer pública una anécdota, una opinión o un ensayo, era incomparablemente mayor que la que existe en nuestro tiempo; hoy cualquiera que tenga una computadora, y acceso a internet, puede hacer pública una novela, una película, una canción. Convendría preguntarse, ¿el acceso para todo el mundo que ofrece la caja-vacía-y-disponible produce más obras interesantes? A este paso llegará el día en que alcancemos la hipertrofia artística. El público que consumía en el siglo pasado, hoy se ha vuelto productor; el espectador se ha convertido en artista, para publicar un texto no hace falta saber escribir, basta con llenar la caja vacía que tenemos ahí, a nuestra disposición, precisamente para eso, para llenarla; y lo mismo sucede para el que quiere publicar una película, en la caja vacía de YouTube, o una canción.

La variedad y disponibilidad de cajas vacías que tenemos hoy es, sin duda, una ventaja, la producción y la creación se han democratizado, están al alcance de quién quiera llenarlas. Como también es indudable que el orden se ha subvertido, antes, para publicar una obra, era imprescindible saber escribir, o hacer cine, o componer música, hoy sucede lo contrario, primero se publica, se llena la caja vacía que está siempre disponible y luego, si persiste el interés y se persevera, se va aprendiendo el oficio.

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Jordi Soler
  • Jordi Soler
  • Es escritor y poeta mexicano (16 de diciembre de 1963), fue productor y locutor de radio a finales del siglo XX; Vive en la ciudad de Barcelona desde 2003. Es autor de libros como Los rojos de ultramar, Usos rudimentarios de la selva y Los hijos del volcán. Publica los lunes su columna Melancolía de la Resistencia.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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