Cultura

El trabajo que deshonra

Francis Bacon defendía el trabajo manual: “Debemos preferir entre las artes, las que revelan la naturaleza de los cuerpos, y los elementos de las cosas, por sus cambios y adaptaciones. Tales artes son: la agricultura, la cocina, la química. La tintorería…” Desde nuestro siglo XXI la defensa que Bacon hacía en el XVII puede parecer una obviedad, pero no lo era porque entonces todavía irradiaba sobre Occidente el prejuicio que los antiguos griegos tenían contra el trabajo manual.

Sócrates, por ejemplo, sostenía: “Las llamadas artes mecánicas llevan consigo un estigma social y son deshonrosas en nuestras ciudades; pues tales artes dañan el cuerpo de quienes las ejercen y hasta de quienes vigilan, al obligar a los operarios a una vida sedentaria y encerrada, y al obligarlos, ciertamente en algunos casos, a pasar el día entero junto al fuego”. Según el filósofo, la degeneración física que producía el trabajo manual terminaba afectando al espíritu y, además el trabajador, al estar encerrado en la fragua durante la parte sustancial del día, no podía “cultivar la amistad o la ciudadanía”.

De este prejuicio contra el trabajo manual escribe también Heródoto: “Entre los griegos, lo mismo que entre los egipcios, los tracios, los escitas, los persas, los lidios y casi todos los no- griegos, se tiene menos estima por los que aprenden un oficio, y los hijos de los que aprenden un oficio, que por el resto de los ciudadanos. Nobles son quienes han eludido el yugo del trabajo manual”, concluye.

La deshonra de trabajar con las manos estaba claramente establecida desde la mitología griega; dentro de ese elenco de dioses y semidioses, de diosas y semidiosas, todas y todos guapos, rubios y de ojos azules, con la jerarquía que les ofrece su linaje y los poderes, y los talentos, que gestionan; en medio de ese elenco tenemos al menesteroso que trabaja en la fragua, en el fuego donde se funden los metales que tanto horrorizaba a Sócrates; este menesteroso es Hefesto, Vulcano en la mitología latina, el dios herrero que está condenado a trabajar con las manos, por eso es feo, no es rubio ni tiene los ojos azules, es un personaje cojo y contrahecho que cuando nació, Hera, su madre, lo vio tan enclenque y tan horrible que lo arrojó al vacío desde la cumbre del Olimpo. Hefesto es un desgraciado que trabaja todo el día en el horno, está siempre sucio y sudado y, sin embargo, Zeus lo empareja con Afrodita, una mujer bellísima que muy pronto, como no soporta la fealdad y la pestilencia de su marido, le es infiel, de manera descarada, con el dios Ares, lo cual añade el ser cornudo a las desgracias del dios herrero. ¿Por qué Zeus empareja a Hefesto con Afrodita? Para resaltar su fealdad y condenar el trabajo manual que, visto lo visto, no produce más que desgracias.

El prejuicio griego contra el trabajo manual, sustentado por la población de esclavos que se ocupaban de los quehaceres deshonrosos, se expandió hacia el futuro; el anatomista flamenco Andrés Vesalio (1514-1564) nos cuenta cómo “en Italia, los más encumbrados doctores, imitando a los antiguos romanos, comenzaron a despreciar el trabajo manual (….) dejaron en manos de enfermeros la preparación de los alimentos para los enfermos; en manos de los boticarios, la composición de las drogas; en manos de barberos las operaciones manuales”. Por otra parte, el médico italiano Bernardino Ramazzini (1633-1714) aseguraba que el obrero ejecuta un trabajo para vivir que termina con su vida, el trabajo manual mata y al médico que iba a visitar a un enfermo, le recomendaba que empezara con la pregunta: ¿Cuál es su ocupación?; si la respuesta era “obrero”, ya sabía a qué atenerse.

Una parte de esa repulsión por el trabajo manual de los antiguos griegos tiene que ver con el desprecio del mundo físico, sucio y maloliente del sudoroso dios Hefesto, y ese desprecio está relacionado con la desconfianza que producía el contacto entre los cuerpos en otros oficios, como la medicina. Hipócrates, contemporáneo de Sócrates y Heródoto, estaba en contra de los médicos que no metían las manos, que encargaban a un subalterno el contacto físico con el paciente y recomendaba que para hacer un diagnóstico preciso había que utilizar todos los sentidos, la vista, el tacto, el oído, el olfato y el gusto. Gracias al compromiso de Hipócrates con la materia es que la medicina fue convirtiéndose en una ciencia: meter las manos, tocar, oler y probar el sabor de un órgano, de un tejido muscular, de un fluido del cuerpo, fue determinante para empezar a curar a las personas. Hipócrates sabía, como ya lo había adelantado una legión de filósofos que lo precedió, que el espíritu es parte indisociable de la carne.

De aquel antiguo desprecio por la realidad física que palpita a nuestro alrededor nos llega, hasta el siglo XXI, un eco singular: hoy casi todo sucede en una pantalla; en las computadoras, las tabletas y los teléfonos tiene lugar una vida que solo percibimos con los ojos y con los oídos, como hacían los antiguos médicos; de esta vida parcial, alrededor de la cual se mueve todo en nuestro tiempo, quedan fuera el tacto, el gusto y el olfato, que son los sentidos que se comprometen con la materia, los que ensucian y deshonran, esos con los que siguen trabajando todavía los hijos de Hefesto.

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Jordi Soler
  • Jordi Soler
  • Es escritor y poeta mexicano (16 de diciembre de 1963), fue productor y locutor de radio a finales del siglo XX; Vive en la ciudad de Barcelona desde 2003. Es autor de libros como Los rojos de ultramar, Usos rudimentarios de la selva y Los hijos del volcán. Publica los lunes su columna Melancolía de la Resistencia.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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