Pia Poppenreiter es una empresaria austriaca de veintiocho años, que a finales de agosto lanzó un portal para promover relaciones íntimas —o "encuentros pagados", como ella misma los denomina— que ha removido los fundamentos del comercio sexual. Estos se definieron al principio de la civilización, probablemente entre los ríos Tigris y Éufrates, y a lo largo de los milenios se han mantenido, más o menos, en pie.
El comercio sexual, pagar por tener sexo, es una actividad que se ha desarrollado siempre a la sombra, de espaldas a esa misma sociedad que la practica, casi siempre al margen de la ley; cuando alguien se pone a legislar sobre el sexo por dinero entre dos personas, siempre hay que contar con que la sociedad biempensante se hará de la vista gorda, entre otras cosas porque los patriarcas de esta sociedad también frecuentan el negocio. Por ejemplo, en Barcelona, la ciudad donde vivo desde hace años, a cuatro manzanas de mi casa, que no está ni en un lupanar ni en un arrabal sino en una zona donde viven familias, hay un burdel, muy discreto eso si, en la parte baja de un edificio familiar que está integrado a la cotidianidad del barrio. A las ocho de la mañana, cuando los padres llevamos a los niños al colegio, hay que abrirse paso entre un grupo de rusas rubias y esculturales que fuman, charlan animadamente y se despejan después de una noche de ajetreo, quizá con alguno de esos mismos padres que llevan a sus hijos al colegio. Cuento esto para ilustrar esa vista gorda de la que hablaba más arriba y hablo de Barcelona como podría hablar de cualquier otra ciudad desde los tiempos de Mesopotamia.
El portal de Pia Poppinter, de nombre Ohlala (expresión francesa que podría traducirse como "¡madre mía!", "¡virgen santa!" o "¡ah, caray!") está dedicado a buscar parejas que quieran intimar. Es una mezcla del portal de ligoteo Tinder y de Uber Taxi: el cliente se inscribe y busca una pareja de su agrado, mira fotos e interactúa por chat y, una vez que logra un acuerdo, paga la tarifa y queda de verse con la mujer en la casa de él o de ella, en un hotel, en el asiento del copiloto del coche de él o en el sitio que mejor se ajuste a sus intereses, para tener un espacio de intimidad en el que quepa holgadamente el sexo.
La tarifa media es de 250 euros la hora, y me parece que quien paga 4 mil 655 pesos no está esperando tener una interesante conversación. El negocio de Pia acaba de empezar: inauguró el servicio en Berlín, donde ella vive, a finales de agosto, y hace unos días inauguró otros dos en Múnich y en Fráncfort. Hasta el momento Ohlala tiene una clientela de 10 mil hombres y mil mujeres, porque el negocio, mientras la relación sea íntima, acepta cualquier combinación.
Poppenreiter es austriaca, pero estudió una carrera de negocios en Moscú y después siguió con un posgrado en Alemania; tiene un socio, Torsten Stüber, un doctor en lingüística informática que se mantiene oculto para que no se mosquee la clientela, que prefiere ser atendida, de manera virtual, claro, por Pia, que es una rubia con aspecto de estudiante de preparatoria.
Parece que el nombre de esta mujer la condujo a este destino: Pía, con acento, es la piadosa que se rebela contra su propia piedad, y Poppenreiter, que quiere decir "Caballero del beso" o, según cuál variante germánica, "Caballero de las muñecas". Pero ella asegura que no había ningún destino en su elección del negocio: la lideresa del sindicato alemán de prostitutas se queja de que los dueños de Ohlala se preocupan más por la parte operativa, por la uberización del sexo, que por los derechos y la salud de las mujeres y los hombres que ahí se venden.
Siguiendo la exitosa estela de Amazon, Pia y Torsten no ganan todavía dinero sino que prefieren antes expandir y posicionar su negocio. Para más desconcierto, Pia aseguró a un periodista del diario francés Libération que no es usuaria de su portal y que en sus ratos libres, que son pocos porque Ohlala está abierto las 24 horas, juega ajedrez o toca el piano.
El Uber del sexo va a propagarse como un incendio: pronto lo veremos, como a los taxis, en las capitales de todo el mundo. Es un negocio que resuelve, de forma inmediata y discreta, las urgencias sexuales del vecindario; es verdad que la clientela queda registrada, que la tarjeta de crédito y la app dejan rastro, pero huellas ha dejado siempre la clientela del burdel.
Ohlala no es lo mismo que llamar a una call girl; en este caso el asunto es entre particulares, entre gente que quizá se dedica a otra cosa y tiene ganas de una hora de sexo fugaz, que busca la asepsia emocional, la erradicación del ritual, de la ceremonia, del agotador ejercicio de la seducción.