Política

Duelo y pasado

La muerte hace que, por un momento, volvamos a la vida. Por más redundante que suene, la presencia del ataúd nos hace apreciar lo que ahora tenemos. 

Es, a su vez, inconcebible pensar en el pecado que hizo el difunto en vida y, aun así, lo hacemos. Jugamos a un papel divino del juicio sobre el alma. Pero ¿en verdad debemos juzgar?

Aunque el creciente estoicismo sugiere la indiferencia emocional, es inhumano. 

Sentimos, ante la desgracia, un impulso tan personal como la historia al lado del difunto. 

Cada quién tiene su versión, claro, pero es imposible no emitir un juicio de valor sobre quien conocimos. 

Ahora, cada ser humano tiene varios papeles, pero ante la muerte los familiares dejan su compás moral para actuar por el de Dios.

Nos hemos enfocado, desde que occidente se convirtió al cristianismo, a cumplir el dogma. 

Pero es importante saber que también es importante considerar la religión ante el momento que culmina la esencia de su existencia. 

No podemos, como creyentes (o no) ignorar la creencia del difunto al momento de su muerte. Pero aun así lo hacemos. 

Nos golpeamos contra la pared al tratar de encontrar respuestas que no existen. Olvidamos intenciones por un actuar en el momento del duelo.

No entendemos la razón por la cual nos dejan los seres queridos. Unos culpan a Dios, otros la salud, la familia, el estrés; nos hacen caer en la locura. 

Al momento de sobrellevar la ausencia, caemos en cuenta que estamos encerrados entre discusiones de personas cuyo único vínculo real con el difunto fue el sanguíneo. 

Nunca les enfrentamos, pues en nuestro miedo sobre la opinión de quien cuya alma descansa, queremos conservar el respeto por quienes ellos amaron.

La melancolía, nostalgia y duelo sesgan nuestro juicio. Perdemos la noción del bien y el mal, si es que alguna vez la tuvimos. 

El crucifijo termina por hacernos enfrentar a la muerte como el torero al bovino. 

El capote que nos entregó la vida nos es arrebatado para atravesar con un estoque el miedo de la pérdida. Tenemos que afrontarle, pues la muerte es más veloz que la vida.

Nuestro presente será alguna vez nuestro pasado. Nuestra vida comprende solo una memoria en decadencia, un leviatán del recuerdo. 

Los orígenes de la vida se encuentran siempre en el cambio. El trabajo de uno es siempre conservar lo bien que esta persona hizo en vida. 

Los papeles cambian, claro, y nosotros aun más. Es inconcebible quizás mostrarse con imparcialidad ante la vida recién perdida, pero afrontémoslo, es lo único que queda.

Convivimos con nuestros seres queridos sin saber que quizás seguimos nosotros. 

No es objeto de alarma, es lo único seguro que queda. Tenemos que vivir en honor a quien hemos perdido. Nuestra única arma contra el duelo es el presente. Nuestra ignorancia ante la muerte es vencida a diario. 

Aquí, querido lector, para dejar pasar al toro, quisiera recordar a Sócrates, quien dijo: “tenerle miedo a la muerte es como fingir ser sabio sin serlo.

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Jesús Antonio Mendoza
  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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