Jesús llamó a su padre mientras sangraba. En medio de la agonía pronunció el salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Con esta frase —una de las últimas siete en la cruz— el mesías dejó una escena que ha quedado impresa en sermones, cuadros y experiencias más terrenales.
Sin embargo, ese grito jamás dejó tranquila a la doctrina. La razón es, si Cristo es Dios, ¿cómo podría ser abandonado por sí mismo? ¿A quién se dirige el hombre clavado en la cruz?
La teología respondería sin dudarlo. Cristo cita el salmo completo, dicen, un texto que comienza con el abandono, pero termina en esperanza.
La frase, entonces, no sería desesperación sino una referencia bíblica. Una forma de recordar que el sufrimiento tiene un final redentor.
Es posible, pero ignora la fuerza del momento. El teólogo ignora, en ese momento, la humanidad de Cristo.
En el calvario no escuchamos un discurso teológico, sino un lamento, o un grito.
Y por más que dudemos, los gritos rara vez son devotos de la erudición.
Preferimos leer este pasaje como una enseñanza, cuando primero fue una experiencia: la del silencio de Dios.
Así, podemos interpretar algo atroz: Dios se ha abandonado a sí mismo. Una especie de fractura interior, una traición en el corazón del sagrado.
Podrá sonar excesivo, pero recordemos:
Cristo no recibió respuesta. Ni de su padre, ni del espíritu, mucho menos del fiel. El eco resonó en el Gólgota sin cambio.
El silencio del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo es universal. Lo hemos sentido todos, y no necesariamente en una cruz. A veces, nos sentimos desolados en nuestra vida cotidiana.
En decisiones que necesitan apoyo, y que no lo encuentran ni siquiera en quien se atribuye nuestra creación.
Nos crucificamos por amor, lealtad, miedo, tristeza y culpa. Cedemos nuestros no negociables hasta que nos cuestionamos y decimos: ¿en qué momento dejé de ser yo? Y la pregunta no es tan lejana del grito divino.
El abandono no siempre es externo, sino individual, de nosotros mismos.
La traición es la personal, la que nos quita la voz, nos ata las manos, y clava nuestros costados.
Después, casi cínicamente, le reclamamos a alguien que sabemos que no contestará.
Quizás por esto nos perturba el llamado de Dios; no solo habla el pasaje de sufrimiento corporal o de misterios divinos, sino de algo que conocemos demasiado bien: el abandono.
La diferencia es que Cristo grita, jamás calla. Aquí radica la fuerza de la escena: no espera la respuesta, sino que simplemente Dios se atrevió a reclamar el abandono.
Así, se nos recordó que el silencio, lejos de ser una excepción, es una de las experiencias más universales de la condición humana. Tristemente, a veces ese abandono incluye nuestra propia firma.