Estamos a vísperas del 14 de febrero, esa fecha que no recuerda al amor, sino a la puntualidad.
Se supone que uno, a estas alturas del calendario —o la vida— debería tener pareja.
Así, el amor no es quien sale vencedor, sino la prisa y el miedo. De ahí surge la pregunta incómoda: ¿buscamos a alguien por conexión o para huir de nosotros mismos?
Sin las cordialidades que la poesía sugiere, el amor es un riesgo. Sin embargo, muchos entran a la apuesta de encontrar a alguien fingiendo seguridad, como si el amor fuer un contrato con cláusulas previsibles.
Pero el ser humano es esclavo de sus pasiones, una de ellas, la necesidad de no estar solo.
Alguna vez, no hace mucho tiempo, una persona con la que salí me dijo que “habría que esperar tiempo para saber qué tan pura era la causa.” Cuando llegó el día, ya ni siquiera quería saberla.
No sé si amé. Sospecho que nadie está seguro mientras está dentro.
Ningún poeta, sociólogo o filósofo ha logrado decir qué es amar. El amor es un verbo que, al entenderse, ya es tarde.
Conozco parejas que siempre se jactan de terminar y nunca lo hacen.
No sé si sea necesidad de afecto, temor a la soledad —esa forma tan peculiar en la que una relación solo es la tolerancia de dos soledades— o amor.
No hay una pauta universal sobre cuándo dejar ir. No la hay. No la busque.
Por razones como esta, vivimos en un remolino emocional permanente.
Y aun así, debemos encontrar el tiempo en el que uno no está ensimismado, ni distraído, ni odiándose para siquiera llegar con alguien.
Aunque, casi siempre, cuando llega ese momento ya la persona no sirve para presumirla.
Entonces, ¿qué hacemos? Descubrirnos a la par con alguien. Amar cada imperfección, duda y certeza que nos pueda dar; sin usarle como refugio, ni proyecto de recate.
La vida ya es demasiado compleja como para convertir al amor en un problema más.
El famoso “mañana vemos que pasa” solo es una excusa para aplazar la sustancia de la relación.
No hay amor sin ilusión, como escribió Nietzsche. Todo poema ha sido escrito desde la idea del presente interminable.
Nadie llega ni se va solo, pero no por eso es aceptable usar a alguien como brújula.
El amor es imaginar, apresurar es otra cosa. El 14 de febrero vuelve cada año. No hay tanta prisa.
Es fácil confundir soledad con necesidad. Es fácil enamorarse de quien enseña el alma.
Hay conexiones que están hechas para suceder y también historias de amor que no merecen ser contadas. No toda relación se presta a novela.
Cada vez somos más los integrantes del club de los corazones solitarios como para agregar a otro más por la presión social, la estética o la maldita frase de “tengo pareja.” Nadie nos está viendo tanto como creemos.
La conexión es importante, pero no a la expensa del otro.
A veces, el mayor acto de amor no es correr a los brazos de alguien, sino quedarse quietos.