Crecemos fabricando un disfraz de quienes creemos que somos. Ignoramos nuestro sentir, nuestro deseo y nuestra personalidad por el bien de la mayoría. Traicionamos nuestro ser para conseguir quizás otra persona, otra familia o hasta el perdón de Dios. Y entonces surge la pregunta: ¿por qué escondernos, si no hemos hecho nada?
Primero, es necesario recordar los pasos de este proceso. Intentamos, antes que nada, justificar la manera en la que somos. Antes fuimos vistos antes como monstruos, abominaciones, o espectros de un demonio cuyo nombre ni siquiera me digno a nombrar. Después viene la mal llamada exploración que, a mi parecer, solamente es un intento banal de confirmar la sospecha sobre la propia identidad. Por último, la etapa más triste: el escondite. A veces nos hacemos preguntas cuyas respuestas ya conocemos, pero que no deseamos escuchar.
Ahora enfaticemos en la percepción popular. La segregación, discriminación y hasta desaparición son acciones predominantes en la psique humana. Tomemos a aquellos que moldearon la visión de la mayoría. Comencemos por un clásico: Aristóteles. El filósofo macedonio ni siquiera consideraba a la mujer como ciudadana, sino solo al hombre. Después encontramos el judeocristianismo, que llamará abominación a todo aquello que no corresponde a su agenda. Quizás blasfeme, pero la jerarquía de pecados impuesta por la Iglesia puede entenderse también como un acto de poder. Y este poder empuja al escondite. A veces, el infierno parece más cálido que esconderse de uno mismo.
Algunos dirán que hoy existe representación, incluso orgullo por vivir al aire libre sin temer por la vida. Pero no es cierto. No lo creo. Hoy siguen asesinando a quienes se dignan a tomar un camino distinto. Y regresa nuestro leviatán del odio: el escondite. Meterse dentro de esas cuatro paredes, hoy innombrables, sigue siendo un acto de supervivencia. Basta observar las marchas que recorren la república a lo largo del año para comprender que nada ha cambiado realmente; solo escuchamos palabras nuevas.
Por último, quisiera hacer un llamado de atención. No hemos mejorado como humanos ni como sociedad. Al contrario; quizás hemos empeorado. Aldous Huxley tenía razón al decir en Brave New World que la información llegaría a ser tan vasta que terminaríamos olvidándola. Y así ocurre. Creemos lo que vemos por todas partes sin siquiera voltear a vernos a nosotros mismos o, al menos, a quien está a nuestro lado. En este momento, como lo ha sido siempre y por los siglos de los siglos, serle fiel a quien somos no es un acto de amor, sino un acto revolucionario