Hubo un tiempo en que las cumbres de la OTAN servían para proyectar una imagen de cohesión estratégica. Bastaba una fotografía de los jefes de Estado y de gobierno para transmitir la idea de un bloque sólido, con objetivos compartidos y un liderazgo occidental indiscutible. Hoy ocurre exactamente lo contrario. La hipotética reunión en Ankara sería menos una exhibición de fortaleza que un ejercicio de contención de daños.
El desgaste del orden internacional liderado por Occidente ya no puede atribuirse únicamente al ascenso de China o a la agresividad de Rusia. También responde a las propias contradicciones internas de una alianza que enfrenta dificultades para definir prioridades comunes, repartir responsabilidades militares y sostener el consenso político que durante décadas fue su principal activo.
Donald Trump llega a este escenario insistiendo en que Estados Unidos recuperó el respeto del mundo. Sin embargo, la realidad internacional ofrece una lectura mucho menos complaciente. Su política exterior, basada en la presión permanente sobre aliados y adversarios por igual, ha fortalecido la percepción de que Washington privilegia los intereses inmediatos sobre los compromisos estratégicos de largo plazo. El resultado ha sido un aumento de la incertidumbre incluso entre los socios tradicionales de Estados Unidos.
Europa, por su parte, atraviesa uno de los momentos más delicados desde el final de la Guerra Fría. La guerra en Ucrania continúa consumiendo recursos militares, financieros y políticos sin que se vislumbre una solución definitiva. Al mismo tiempo, el continente enfrenta economías debilitadas, inflación persistente en varios países, una creciente presión migratoria y el avance de fuerzas nacionalistas y euroescépticas que cuestionan tanto a Bruselas como al propio proyecto atlántico.
En ese contexto, hablar de una defensa europea autónoma sigue siendo más una aspiración que una realidad. A pesar de los discursos sobre "autonomía estratégica", la seguridad del continente continúa dependiendo en gran medida del poder militar estadounidense. Esa dependencia se vuelve especialmente problemática cuando la política de Washington cambia de rumbo con cada administración o cuando el propio presidente estadounidense cuestiona abiertamente el costo de sostener la arquitectura de seguridad occidental.
La paradoja es evidente. Nunca Europa había hablado tanto de independencia estratégica y nunca había dependido tanto de Estados Unidos para garantizar su seguridad. Esa contradicción limita su margen de maniobra y alimenta las tensiones internas entre quienes defienden una integración militar más profunda y quienes siguen apostando por el paraguas estadounidense como única garantía creíble.
Mientras tanto, el tablero geopolítico mundial ha cambiado de manera acelerada. China consolida su influencia económica y tecnológica; Rusia, pese a las sanciones occidentales, mantiene capacidad para alterar el equilibrio de seguridad europeo; potencias medias como India, Turquía o Arabia Saudita desarrollan políticas exteriores cada vez más autónomas; y el llamado Sur Global observa con creciente escepticismo los llamados occidentales a defender un "orden basado en reglas" que muchos consideran aplicado de forma selectiva o ya en vías de extinción.
La autoridad moral de Occidente también se ha debilitado. Las críticas por el manejo diferenciado de distintos conflictos internacionales, las dificultades para construir consensos en organismos multilaterales y la percepción de un doble rasero en materia de derechos humanos han reducido la capacidad de Estados Unidos y Europa para presentarse como referentes universales del sistema internacional.
En este contexto, Ankara representa un símbolo particularmente revelador. Turquía es miembro de la OTAN, pero mantiene una política exterior profundamente pragmática, capaz de cooperar con Rusia, negociar con Ucrania, dialogar con China y preservar simultáneamente su pertenencia a la alianza atlántica. Esa ambigüedad refleja mejor que cualquier discurso el nuevo equilibrio internacional: un mundo donde las lealtades absolutas han sido sustituidas por alianzas flexibles y cálculos de conveniencia nacional.
La fortaleza de una alianza no depende únicamente de su poder militar. También descansa sobre la confianza entre sus integrantes, la credibilidad de sus dirigentes y la capacidad para ofrecer una visión compartida del futuro. Hoy, esos tres pilares muestran signos evidentes de desgaste.
Quizá la imagen más precisa de esta cumbre no sea la de una alianza en expansión, sino la de una organización obligada a demostrar que sigue siendo indispensable en un mundo que, poco a poco, ha dejado de girar exclusivamente alrededor de Occidente.