Política

El balón no justifica el fuego

  • Ekos
  • El balón no justifica el fuego
  • Javier García Bejos

Las imágenes que llegaron desde París la semana pasada deberían encender una alerta para cualquier país que esté por recibir un gran evento deportivo. Lo que debía ser una celebración colectiva terminó derivando, en algunos puntos de la ciudad, en enfrentamientos con la policía, actos de vandalismo, saqueos y escenas que poco tenían que ver con el deporte. La victoria de un equipo se convirtió, para algunos grupos, en el pretexto perfecto para la violencia.

El fenómeno no es nuevo. Europa lo ha padecido durante décadas. Desde el hooliganismo británico hasta los disturbios asociados a partidos de alta tensión en Francia, Italia o Bélgica, existe una minoría que confunde pasión con agresión y pertenencia con destrucción. El problema es que esa minoría suele monopolizar las cámaras, eclipsando a millones de aficionados que viven el deporte de manera sana.

México debería observar estos acontecimientos con atención. Dentro de pocos días el país volverá a colocarse en el centro de la conversación global como una de las sedes del Mundial de 2026. Millones de visitantes llegarán a la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El torneo será una oportunidad extraordinaria para mostrar la riqueza cultural del país, pero también una prueba de fuego para nuestras capacidades institucionales y para nuestra convivencia social.

La preocupación no es menor. México arrastra sus propios antecedentes de violencia en espectáculos deportivos. Lo ocurrido en Querétaro en 2022 demostró que la violencia asociada al fútbol no es un problema exclusivo de Europa. También aquí existen grupos que convierten los estadios en territorios de confrontación y que entienden la rivalidad deportiva como una guerra simbólica.

Sin embargo, el desafío del Mundial va más allá de la seguridad pública. Se trata de una cuestión cultural. Durante años hemos normalizado la agresividad verbal, el insulto y la deshumanización del rival como parte de la experiencia deportiva. Las redes sociales amplifican esta lógica: el adversario deja de ser un competidor y se convierte en un enemigo. Cuando esa mentalidad sale de la pantalla y llega a las calles, las consecuencias son evidentes.

El deporte nació para canalizar la competencia dentro de reglas compartidas. Su valor radica precisamente en permitir que personas, ciudades y naciones se enfrenten sin recurrir a la violencia. Cuando un aficionado destruye mobiliario urbano, incendia vehículos o agrede a otros seguidores porque ganó o perdió un partido, está negando la esencia misma del deporte que dice defender.

De cara a la máxima fiesta del fútbol, México necesita algo más que operativos policiales y protocolos de seguridad. Necesita recuperar la idea de que el Mundial es una celebración colectiva, no una batalla campal. La verdadera victoria no será únicamente organizar un torneo exitoso, sino demostrar que es posible vivir la pasión deportiva sin convertir las calles en campos de conflicto.

París nos deja una lección incómoda pero necesaria: cuando la identidad deportiva se transforma en fanatismo, el fútbol deja de unir y comienza a dividir. Y en tiempos donde la polarización parece infiltrarse en todos los aspectos de la vida pública, preservar el espíritu deportivo puede ser mucho más importante de lo que parece.

Porque al final, ningún gol, ninguna copa y ningún campeonato valen más que la capacidad de una sociedad para celebrar sin destruirse a sí misma.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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