No hay certeza jurídica cuando se dice que los periodistas somos poco apreciados, no de ahorita sino desde hace un buen rato, como se puede notar en el libro El vendedor de silencios, de Enrique Serna, la vida novelada de un reportero privilegiado y chayotero a instancias del alemanismo, esta profesión en un serrallo con todo y eunucos. Y porque el león cree que todos son de su condición, la leyenda de Carlos Denegri dejó una impronta tal debido a sus conocidos excesos y disfrutes como niño mimado de los presidentes, que los ecos de su leyenda dividen a la banda reporteril entre quienes reciben cochupos y quienes no.
Una cosa como de puros e impuros que uno hubiera creído que ya estaba muy pasada de moda pero que este fin de semana en las marchas pro-AMLO y anti-AMLO con dos periodistas que fueron acosados y abucheados por los distintos bandos que los sentían contrarios (Irving Pineda, a quienes señalan como crítico acérrimo de la Cuarta transformeichon, y Hernán Gómez Buera, ex de la Maroma estelar, al que imprecaron por ser crítico de la oposición a la 4T), división que ha llegado a extremos en donde todos somos chayoteros aunque se demuestre lo contrario.
De hecho cada vez que mis simpáticos trolls y bots me aplican el ya clásico chayotero, pienso en que me gustaría que me la hicieran buena, tantos años en este negocio y, maldita sea, no ha habido nadie que me haya querido corromper como es debido para conocer, aunque fuera solo una vez en la vida, lo que es no vivir en el error como algunos del oficio a los que el buen Denegri envidiaría.
Digo, aunque con esto de la maldita austeridad republicana va a estar complicado. Y luego con los derechosaurios, supongo que ya tienen la nómina completa.
Nunca tengo suerte.
Como quiera que sea, hay que reconocer que haciendo estas cosas de andar linchando gente nomás porque no hacen juego con sus prejuicios como que los dos bandos se ven un poco bárbaros. Digo, me ha tocado ver que hasta en los estadios te respetan si llevas la playera del equipo contrario, aunque bueno, por si las moscas, si voy al Azteca me llevo la de los Pumas abajo de una chamarra neutral, pues nunca falta un bestezuela.
Lo mejor es que los más rabiositos de la intolerancia, que se educaron con K-paz de la Sierra al ritmo de “No importa que le llamen fanatismo”, son los que más tolerancia exigen. Ya se sabe, los estalinistas son de izquierda y de derecha.
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