Hace tres años, en el segundo párrafo les digo por qué, escribí esta breve semblanza: “Las imágenes que acompañan este número de Acequias son grabados del maestro Alonso Licerio Valdés (Ciudad Lerdo, Durango, 1944), maestro de la Universidad Iberoamericana Torreón.
Forman parte de la exposición ‘Estampas del Nazas’ expuesta en la Galería Universitaria San Francisco de Borja de la Ibero Torreón en la primavera de 2023. Alonso Licerio estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, del Instituto Nacional de Bellas Artes, y sin duda ha sido el maestro de grabado más constante y representativo en la historia de la comarca lagunera.
Es significativo anotar que el primer número de Acequias fue ilustrado con su obra, de manera que esta salida 90 vuelve a recibirlo con las páginas abiertas”.
Son las palabras que describen al ilustrador de la edición número 90 (enero-abril de 2023) de la revista Acequias de la Ibero Torreón. En total elegí 16 grabados para aquellas páginas, todas, obvio, con el sello “Licerio”, el del grabado clásico.
La razón por la que recuerdo su trabajo gráfico es triste: ayer me enteré de que el maestro Licerio murió.
La última vez que nos saludamos fue hace cerca de dos años en mi oficina de la universidad, lugar al que frecuentemente pasaba a saludarme para conversar un rato.
Un detalle curioso es que siempre aparecía con algo en las manos, como visitante de los de antes. Era por lo común algún libro o grabado, algo, lo que fuera.
Lo último que me obsequió fue una compilación sobre tres poetas franceses; lo curioso del regalo era, es, que dos páginas blancas (llamadas “falsas” en el argot editorial) lucen una especie de “intervención”, pues alguien las usó para dibujar, con tinta china, un rostro en una y en la otra una especie de ángel victorioso.
A Alonso Licerio lo conocí en 1981, hace 45 años. Iba al tercer semestre de mi accidentada preparatoria y me tocó de maestro en la clase de Estética.
Para entonces las peluquerías habían dejado de ser nomás peluquerías y comenzaron a llamarse también “estéticas”, así que el nombre de la materia provocaba risa entre mis compañeros.
Recuerdo ahora con mucha vaguedad el esfuerzo del profesor por mostrarnos el valor del arte.
Yo estaba en una etapa muy dispersa de mi vida, me gustaba leer en secreto, sí, pero más jugar futbol y juntarme con los queridos amigotes de la esquina, así que la prepa me parecía tortuosa, un lamentable desperdicio de tiempo.
Pese a esto, sé que algo se me pegó de la materia impartida por el profe Licerio, sobre todo sus énfasis en el Muralismo mexicano y en la figura de dos de sus rivales: Tamayo y Cuevas.
Luego del primer contacto preparatoriano, pasaron algunos cinco años para que yo comenzara a vincularme con el mundillo cultural de La Laguna.
Lo hice más que nada, por supuesto, con el gremio literario, pero no faltó que, como siempre ocurre, tuviera tratos con músicos, actores y artistas plásticos.
En esos trotes reapareció el profe Licerio y desde entonces empezamos a tener una relación muy parecida a la amistad, aunque sin frecuentación.
Además de las actividades artísticas, nos unía, creo, una especie de identidad política similar, simpatías ideológicas más que diferencias. Además —y esto no es poco ingrediente para la memoria—, uno de sus dibujos sirvió como viñeta de mi primer cuento publicado en un periódico.
Fue profesor de muchísimos estudiantes tanto en el aula como en los talleres de gráfica que encabezó. Sospecho que es unánime la opinión que sobre él nos hicimos.
Ahora que ha partido, por ejemplo, Sergio Garza Orellana, curador del Museo Arocena y uno de sus discípulos más adelantados, le dedicó estas palabras: “Hace ya casi 20 años conocí a Alonso Licerio en los pasillos de la universidad.
Daba la materia ‘Genealogía de los objetos mexicanos’, una cornucopia de reflexiones acerca del arte, la poesía, el grabado y el México contemporáneo. Fue uno de mis primeros contactos con el mundo artístico, y una verdadera fortuna haberlo hecho a través de los ojos de Alonso.
Concebía el grabado como la poesía de las artes visuales y, junto con Octavio Paz, afirmaba que la poesía no era un decir, sino un hacer, con lo que siempre fue consecuente”. Suscribo el parecer de Sergio.
Ahora que ha partido, me quedan varios grabados de su producción y lo más importante: el buen recuerdo de un maestro insistente como pocos en mostrarnos el camino del gran arte.
Descanse en paz.