Política

Yo Reforma

Reconozco que el Ángel es también responsable del poder de mi convocatoria. Daniel Augusto
Reconozco que el Ángel es también responsable del poder de mi convocatoria.Daniel Augusto


Porque lo he visto casi todo, sé lo que sucederá mañana. Soy memoria que viene, al mismo tiempo, del futuro y del pasado. Sobre mi piel de asfalto, piedra y cemento se asientan los más variados colores de la identidad mexicana. Las personas creen que me han elegido coordenada para citarse, pero he sido yo quien las mandé llamar. Mañana, de nuevo, serán multitud.

Un día más para no ser avenida sino plaza monumental. Desde el Castillo de Chapultepec hasta el Caballito pongo a su disposición 210 mil metros cuadrados de superficie. Soy cuatro veces más grande que el Zócalo de la Ciudad de México y nueve veces mayor que la Plaza Roja de Moscú.

Pero, a diferencia de ellas, yo no me llevo bien con el poder. Sobre mis vialidades, andadores y camellones se reúne la gente de a pie para encontrarse con sus iguales. Aunque guapa y bien trazada, hago felices a quienes gustan de la anarquía, la rebeldía, la protesta, el desafío o el relajo. Tengo casi de todo menos un balcón desde donde se escupan prédicas religiosas o discursos políticos; tampoco impongo un reloj único que marque con disciplina las horas del transcurrir cotidiano.

Mañana me visitarán otra vez las hordas enfebrecidas. Sé de cierto que me envidian la avenida de los Campos Elíseos de París y también la Ringstrasse de Viena. En ellas se inspiró Maximiliano para imaginarme. Tuve un padre iluso que iba a llamarme Paseo de la Emperatriz, pero, afortunadamente, fueron sus adversarios quienes al final me nombraron.

Ese origen me hizo inapropiable: soy tan suya para unos como para otros. Igual ha marchado vestida de blanco la gente más privilegiada, que de negro las mujeres reclamando la desposesión impuesta por el patriarcado.

Por eso, sobre mis dos largas piernas, a la gente le gusta reunirse. Porque yo no sé de discriminaciones. Quien traiga bronca que mejor se la lleve a otra parte, ya que en mi regazo debe caber la Nación entera.

De la época de Porfirio Díaz son las primeras estatuas que representan a la historia mexicana: dos por cada estado y un par más por la capital. Ya sabía yo que se había cometido una injusticia, la cual fue corregida hace pocos años, cuando se incluyeron catorce mujeres que antes no estaban presentes en modo alguno.

La primera vez que festejaron un partido de futbol fue en 1970. Nuestra selección ganó por dos goles a la de El Salvador. La afición llegó al Ángel casi por casualidad. Había llevado serenata a un jugador que se encontraba hospedado en un hotel vecino y, al final, recalaron en la Columna de la Independencia para continuar la fiesta.

La ciudad cambió mucho entre un Mundial y otro. En 1986 mis inquilinos perdieron por primera vez la cabeza cuando Bélgica fue derrotada por México. Entonces se montaron sobre las estatuas de mármol, mientras los autos soltaban el bocinazo al ritmo del ta-ta-ta-ta-ta y de sus ventanas se asomaban anchas banderas. Animado por la juerga, un fulano se paró sobre la cabeza del Padre de la Patria, Miguel Hidalgo, y otros deschavetados sobre el resto del santoral independentista. Varios meses tardaron las autoridades en reparar los desperfectos. Desde entonces, el acceso a la columna que sostiene a la Victoria Alada se cierra a cal y canto.

Reconozco que el Ángel es también responsable del poder de mi convocatoria. Sus alas convocan, en efecto, a la victoria, pero sobre todo a la libertad. Lo digo con plena conciencia: son menos los que vienen aquí a festejar el triunfo que quienes acuden para sentirse libres.

Mi verdadero nombre es ese: libertad. Pregunten si no a la comunidad LGBT+ que me elige cada año para desnudar su ludismo, o a las Catrinas, los Alebrijes, las feministas, a las madres buscadoras, a los padres de Ayotzinapa, a los estudiantes de 1968, a los jóvenes del #YoSoy132 o a los del plantón de 2006. Todos me han elegido porque saben que yo me encargo de que aquí no les pase encima el carro cruel de la represión.

Soy la casa de todas y de todos. Acojo por igual los cenotafios de la Guardería ABC que las mantas exigiendo el regreso “vivos” de sus desaparecidos. Lo mismo presumo monumentos de cristal que superan los 57 pisos —como la Torre Reforma o la Torre Chapultepec (cinco metros más chaparra)— que la Estela de Luz, altar a la corrupción y el mal gusto.

En olores también soy plural. A los cientos de fresnos sembrados a principios del siglo XX se sumaron luego los eucaliptos y los sicómoros. Después, en los veinte, llegaron, traídas de Japón, las jacarandas.

Durante un tiempo, frente a la puerta de los Leones de Chapultepec, me perfumé con hierbas de mariguana. Todavía no sabría decir por qué la autoridad decidió un buen día llevar esos olores a la puerta del Senado de la República. Quizá supuso que allá hacían más falta. A lo largo del año mezclo también el ambiente con flores y plantas venidas de Xochimilco y otros viveros.

Felizmente soy Reforma y no Revolución, soy paz y no violencia, soy el todo y no sus partes, soy comunidad y no sus fragmentos, soy la sociedad y no sus clases, soy común denominador y no fracciones. Por eso la cita mañana será aquí, y volverá a serlo la semana próxima, el año que entra, la década siguiente y el siglo posterior. Mientras haya México, sobre mí ocurrirán los recuerdos del porvenir, como los llamó la escritora Elena Garro.

Entre Inglaterra y México, yo sé quién ganará el partido, pero no lo voy a decir. Elige tú la coordenada que mejor te haga sentir: la glorieta de las mujeres, la Diana Cazadora, el Ahuehuete, Cuauhtémoc, Chapultepec o la Alameda; opta por el hotel más lujoso o por el puesto donde se venden las camisetas pirata: todo México cabe aquí y eso me vuelve gloriosa.

La última vez me visitaron un millón trescientas mil personas. Tan grande fue el tumulto que sufrí una tragedia. Esas cuatro personas son ahora también parte de mi historia. Una que no debe repetirse más.

Lo he visto todo, o casi todo: la tristeza, la decepción, la violencia, la resistencia, la redención, el desmadre, la cruda, la vileza, lo excelso, la generosidad y la mezquindad. Por aquí han atravesado los corruptos y también los más honestos. Me consta que la complejidad humana es mucha, y la de los habitantes de mi ciudad, aún más.

Sé que toda esa gente está atravesando por una época difícil. También sé que hacen todo lo que pueden para que no se les note. Por eso bailan y brincan y juegan como niños, por eso gritan y también se angustian. Desde aquí les digo que los admiro por la manera como saben ponerse de pie y, con o sin balón, seguir adelante.


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Ricardo Raphael
  • Ricardo Raphael
  • Es columnista en el Milenio Diario, y otros medios nacionales e internacionales, Es autor, entre otros textos, de la novela Hijo de la Guerra, de los ensayos La institución ciudadana y Mirreynato, de la biografía periodística Los Socios de Elba Esther, de la crónica de viaje El Otro México y del manual de investigación Periodismo Urgente. / Escribe todos los lunes, jueves y sábado su columna Política zoom
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