Cultura

En un lugar de la cancha

  • Ruta norte
  • En un lugar de la cancha
  • Jaime Muñoz Vargas

No sé si todas las personas que leen con asiduidad saben en qué momento y por qué adquirieron este hábito. 

Supongo que sí, pues creo que en general perciben la importancia de la lectura como acompañante de sus vidas, y esto obliga a pensar con frecuencia en las motivaciones remotas. 

En esto ayuda el hecho de que no es, como caminar, una práctica desarrollada en la inconsciencia de la primera infancia, sino el nacimiento de una habilidad que suele darse cuando ya podemos retener las vivencias con cierto grado de claridad, cuando sabemos hablar con cierta lógica. 

Me estoy refiriendo aquí a la lectura que va más allá de la alfebetidad, a la lectura como goce así sea incipiente. 

Creo que todos los que leen con regularidad y placer alcanzan a saber cuándo apareció el gusto, en qué momento tomaron un libro sin el forzamiento de la obligación escolar.

Sobre esto he pensado más de una vez porque me interesa como tema vinculado a mi experiencia y porque no ha faltado oportunidad para que me lo pregunten. 

Mi respuesta tiene la claridad que pude tener un recuerdo con medio siglo de edad. 

En algo vago, pero no lo suficiente como para impedirme una explicación satisfactoria al menos para mí: yo leo con asiduidad —diría que con pasión y placer si no sonara pedante— desde que tenía cerca de diez años, hace 52. 

Antes de 1974, por supuesto que ya leía los libros de texto de la SEP y el periódico La Opinión que a diario compraba doña Catalina, mi madre. 

Quiero pensar que consumía aquellos papeles en los ratos libres, los ratos que sobraban al juego vespertino con mis hermanos y los amigos de la cuadra. 

Nunca fui un buen estudiante, así que me asomaba con desdén a los libros de texto. Eso creo, pues mis notas jamás delataron a un alumno con aspiraciones altas. 

Con el diario tuve una relación buena, me gustaba hojearlo, disfrutar sobre todo con la sonoridad de los topónimos y la onomástica remota. Pero no entendía las notas ni los artículos, así que debía contentarme con una lectura superficial.

Luego ocurrió un hecho que también he contado alguna vez. Como a los once años descubrí el futbol. 

Uso el verbo descubrir porque hasta entonces el ambiente deportivo de mi casa se relacionaba con la pasión de mi padre, el beisbol. 

En uno de sus partidos dominicales celebrado en los campos de Jabonoso, un ejido de Gómez Palacio, yo tenía quizá once años cuando me alejé del partido de mi padre y caminé a los campos de futbol. Todo era un llano en llamas, no había separación física entre los campos de fut y de beis, así que fui a ver el futbol. 

Jugaban dos equipos llaneros de jóvenes, tal vez como de veinte años, y cuando desde la línea lateral vi el desarrollo del partido no entendí muy bien las reglas, pero me gustó. 

Al llegar a casa aquel domingo en la tarde sentí el impulso de patear algún balón, lo que ocurrió cuando comencé a jugar en los recreos de la escuela primaria federal Presidente López Mateos de Santa Rosa y en las tardes de mi barrio gomezpalatino. 

El gusto de jugar futbol fue intenso, me hizo muy feliz.

Lo extraño ocurrió casi simultáneamente: al gusto de jugar futbol y de leer el diario sin entender el sentido de las notas, sólo por la maravillosa sonoridad de las palabras, añadí la compra de revistas de futbol. 

También sobre esto he escrito dos o tres veces, una de ellas inédita, pues viene en un librito que aparecerá dentro de dos semanas: Amar a Maradona.

El acontecimiento cultural más importante de mi vida, leer asiduamente, se lo debo pues al futbol, aunque parezca increíble. Supongo que es al menos mínimamente raro que de jugar futbol se pase a leer futbol con voracidad y de allí, sin solución de continuidad, haya pasado a la lectura literaria, a la lectura de libros “serios”. 

Esto me lleva a pensar en los orígenes de un lector. ¿Todos debemos comenzar por los clásicos infantiles y de ahí pasar a los clásicos adultos? 

¿El fracaso está garantizado si no se comienza por la Ilíada o el Quijote? Obviamente no, y modestia al margen creo que soy un buen ejemplo de que el comienzo importa sólo como comienzo, para agarrar el gusto, para cimentar la asiduidad que después pueda ser canalizada hacia obras de mayor calado.

La formación de un lector es misteriosa. En el proceso hay, supongo, una cierta predisposición natural, que en mi caso fue el asombro ante el sonido de las palabras dichas y la contextura de las palabras escritas. 

Antes de comprender su sentido, las palabras ya me habían hechizado, no sé por qué. 

Lo que vino después fue, diría Bourdieu, el habitus que tuve a mi alcance: una familia que tenía periódico todos los días, una escolaridad estándar en sobrepoblada escuela pública, un deporte popular a la mano y revistas baratas de futbol para cobrar impulso como lector. 

En suma, nadie elige sus primeras lecturas fervorosas. En mi casa infantil no había biblioteca, a mí me tocó combinar la práctica del futbol con la lectura de revistas de futbol, y es por ello que tengo gratitud por este deporte que luego sin querer me condujo a los libros. 

Esto quiere decir que no me asusto cuando un joven comienza leyendo mucho de lo que sea, generalmente mugre. 

Lo importante es el impulso inicial que luego tome un camino más exigente. Esto es un tanto azaroso, pero si lo miramos bien, todo en la vida es así.

Hoy a las 4 pm desarrollaré este apunte en una charla a celebrarse en la Feria del Libro de Coahuila. Centro de Convenciones de Torreón, entrada libre.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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