M+ Es un hecho comprobado: siempre tendrás cerca a alguien dispuesto a opinar sobre lo que estás haciendo. Y no le gustará nada, o por lo menos detectará el lado más desfavorable. Mejor no tener el oído muy fino. Pero si un día oyes algo, recuerda que esforzarse por dar gusto a todos es tiempo perdido. Hace siglos que sucede así, Esopo ya lo explicó en una de sus fábulas.
Dos labradores, padre e hijo, decidieron ir a un mercado. Se llevaron un burro para cargarlo a la vuelta con las compras. Tirando del animal por las riendas, echaron a andar. “Vaya par”, comentaron dos desconocidos, “ellos que tienen caballería van a pie. Qué mal repartido está todo”. Al oírlo, el padre mandó a su hijo que subiera al burro. “Hay que ver”, opinaron entonces otros dos campesinos que hacían la misma ruta, “el hijo que es joven va cómodo mientras al padre le falta el aliento. No sé cómo lo consiente”. Entonces el labrador, avergonzado, hizo bajar al hijo y montó él. “Parece mentira que haga trabajar así al pobre niño, no puede más”, oyó decir el padre a un grupo de viajeros. Ofendido, montó a su hijo en la grupa, detrás de él. “Ahora ya no podrán decir nada”, pensó con sensación de triunfo cuando vio acercarse a unos caminantes, “ninguno de los dos vamos a pie”. Se equivocaba. Una voz taladró sus oídos: “Fíjate, no pararán hasta que el burro reviente”.